jueves, 12 de agosto de 2010

Sobre la inmortalidad virtual..., o el anacronismo de los Puentes de Madison

¿Cuánto de todo lo que puebla el ciberespacio pertenece a gente muerta? No me refiero a citas de autores fallecidos sino a miles de ignotos contenidos que sobreviven a sus autores reales, inconscientes de su orfandad.
Sin ley sucesoria ni mecanismos para legar nuestras personalidades virtuales, ¿cómo hubiera trascendido el apasionado romance de los Puentes de Madison unas décadas más tarde? No hubiera sido la hija de la protagonista quien hallara en un arcón, primorosamente atadas con cinta, las cartas y confesiones que permitieron reconstruir la historia reveladora de esos pocos días y descubrir en su madre a la mujer que en verdad era. Quizás un hacker aburrido fuera hoy quien por azar rescatara fugazmente los mails que encendieron un amor furtivo, o el blog en que ella intentaba vanamente rescatar del olvido los retazos de memoria, para eliminarlos después.
Sin recurrir a ejemplos cinematográficos, viene a mi mente el recuerdo de Herminia, hermana soltera de mi abuelo, que falleció como vivió: sola, y legó sin saberlo a mi madre sus últimas y escuetas pertenencias. Además de un ventilador, una repisita, algún cobertor y ropa antigua, encontramos unas reveladoras postales sepias, testigos de un amor apasionado que la vinculó a un artista porteño en épocas de tangueros. Ese sólo descubrimiento le dió una luz distinta al recuerdo de la eterna directora de escuela que vivió siempre en pensiones, que a cambio de un paquete de boca de damas, tomaba prestados nietos ajenos para jugar a la familia en la plaza..
Cuando yo muera, a menos que tenga la precaución de dejar un testamento virtual lo suficientemente actualizado y abarcativo para sortear caducidades, no habrá sorpresas. Seguiré siendo la madre, la esposa, la hija, la profesional que siempre hizo lo debido, que hasta "pensaba" lo que de ella se esperaba, sin permisos para sentimientos no convenientes ni rebeldías. De un tiempo a esta parte las únicas amistades sinceras que conservo son las que se sostienen en mails largos escritos desde el alma o el raciocinio, pero auténticos. Los destinatarios tardarán bastante en percatarse del evento, ¿quién les avisaría?; quizás para ellos no muera nunca, solo demore mis respuestas un poco más de lo acostumbrado..