Esta es la historia de Amalia Inés Martínez, antítesis imaginaria de Carlos Alfonso Vidal, un personaje signado por lo inconcluso que me presentó recientemente un amigo.
Amalia fue muy estructurada desde que tenía memoria (afortunadamente nunca tuvo tanta). Con la lectura, por ejemplo, alguien le dijo alguna vez que tenía la "maldición de Gutemberg", porque no podía interrumpir la lectura del más abominable de los tratados, una vez que la iniciara. Sólo los diccionarios y la guía telefónica escapaban a su obsesión, pero por la simple razón de que fueron hechos para no ser leídos secuencialmente. Libros, revistas, folletos, manuales de electrodomésticos, diarios (en este caso la obligación alcanzaba a los titulares y a cada artículo en particular, no a la publicación completa, es decir.. si caía en sus manos, como mínimo debía leer todos los titulares, y si iniciaba la lectura de un artículo, debía completarla incluyendo recuadros y cualquier anexo); todo lo comenzaba por la solapa y la contratapa, el prólogo, el índice (cuando hubiere), y de allí página a página, sin saltear un párrafo ni una publicidad, ni el direccionario o la bibliografía, hasta el final. Cuando a la 2da página advertía que la elección no había sido afortunada, apelaba a su espíritu de sacrificio (uno de sus mayores talentos), y con estoicismo avanzaba línea a línea, con cierta esperanza de que algún cambio sorprendente premiara su esfuerzo, lo que casi nunca pasaba. Una situación similar se repetía para las cremas o los perfumes, que iban acumulándose en sus estanterías al ritmo de los cumpleaños sin posibilidad de apertura hasta que el fin del frasco en uso les pasara la posta. Nunca supo si eran ineficaces o perdían sus propiedades en la espera.
En otro orden de cosas, su vida se iba alineando con lo tácitamente planificado, a fuerza de tezón: Popularidad en la primaria, desempeño ejemplar en la secundaria (obvio, la maldición de Gutemberg era inapreciable a la hora de preparar las trimestrales de historia o literatura), trabajo y universidad sincronizados en lo temporal, aunque algo desfasados en la temática.. noviazgo. Afortunadamente (es una forma de decir, Amalia nunca creyó mucho en eso del destino) supo abortar -y también le abortaron- algunas breves experiencias preliminares y pudo arribar al matrimonio en los plazos prefijados y con el partenaire adecuado. Sin dejar de ser muy burguesa, se permitía algunos guiños de rebeldía rechazando convencionalismos como el cumple de 15, el vestido de novia, la devoción religiosa o el consumismo.
Los hijos llegaron cuando las circunstancias estaban dadas, el departamento propio, el auto, la casa.. Cómo habrá sido su aplicación que hasta consiguió el ideal del varón y la nena con una diferencia de 2 años y medio. Cada proyecto que encaraba (vacaciones, adquisiciones, hobbies, la pintura de las aberturas, una torta elaborada), lo llevaba adelante sin prisa pero sin pausa, consciente que sólo podría encarar el próximo una vez que finalizara el que tenía en curso. Algo había con los trabajos, sin embargo.. y con la sociedad.
Cada tanto se cruzaba con personajes indescifrables, eternamente endeudados, incomprensiblemente inconclusos, como un tal Carlos Alfonso que entró en la consultora en la que trabajaba para un proyecto de relevamiento. El tipo no tenía estudios, pero se había hecho amigo de uno de los dueños en un curso de patrón de yate al que se había inscripto por azar y que abandonó al finalizar el primer mes, cuando los reclamos para el pago de la inscripción se hicieron insostenibles. Carlos hizo un par de entrevistas con empleados de un banco, liderado por Amalia, redactó un par de párrafos, no tan mal en comparación con analistas consumados, y anunció que se iba porque le había salido un viaje a Ushuaia, donde aparentemente tenía un hijo de 15 años al que quería conocer. Malvendió el autito que aún estaba pagando, llenó un bolsito con algunas cosas del placard del dormitorio que aún ocupaba en casa de sus viejos (muy viejitos, por cierto) y se tomó el colectivo para Retiro. A juzgar por su inconstancia, es probable que se haya distraído y en el camino a Aeroparque una brisa lo arrastrase al Obelisco y quien sabe, un día lo viera como panelista de un programa de la tarde.
Promediando su vida, o al menos eso creía ella con su infalible matemática y su horizonte burgués, Amalia comenzó a percibir que las reglas con las que se había manejado, si bien habían demostrado ser eficaces para rodearse de cierta comodidad y beneplácito, no eran las de la mayoría y eso la aislaba un poco. De pronto se dió cuenta que en el camino habían quedado amistades, concretas y potenciales, compañeros de escuela y de trabajo; trabajos más satisfactorios que los que siguieron, y sobre todo: las ganas. Intacto estaba su espíritu de sacrificio, lo que flaqueaban a veces eran las ganas.
Amalia se dió cuenta de que se había quedado sin libreto y, como carecía de imaginación, tampoco se le ocurrían nuevos capítulos para el contexto actual y con el elenco disponible. La alquimia de la vida había trocado su capacidad para comunicarse en esos logros que la enorgullecían. Sin saber muy bien porqué se sentía incapaz de hablar de las cosas que la ocupaban con quienes la rodeaban, asumiendo desinterés, temerosa de aburrir y sin dar la oportunidad de demostrar lo contrario. En eso pensaba cuando se desplomó en la vereda, víctima del recorrido errático de un disparo que no le estaba dirigido y así, sin darse cuenta y sin esfuerzo, finalizó su guión...
Pensamientos y visicitudes de una mujer moderna, obsoletamente inteligente.
viernes, 15 de octubre de 2010
jueves, 14 de octubre de 2010
Polvo bajo la alfombra
Siempre argumentó a favor de la relatividad de las apariencias, sobre todo en esas odiosas discusiones donde el contendiente usa como argumento su parcial interpretación de vivencias ajenas. Pareciera que algunas personas tienden a tomar de lo que ven solo aquello que se ajusta a sus preconceptos y ni siquiera se preguntan por el resto, no importa cuán pertinente sea. La exasperaba esa búsqueda de ejemplos tan parecida a la envidia y que siempre tenía adosado algún reproche.
Hasta entonces, con pocos desvíos, había logrado que sus actos fueran coherentes con sus principios, asumiendo los costos de erigir la honestidad por sobre convenientes disimulos.
Todos, en mayor o menor medida, esconden pecados que pueden enturbiar esa imagen cuidadosamente construida para el resto. Ella no era la excepción, pero trataba de mantenerlos en un mínimo. Era bastante permeable a las opiniones ajenas, y basada en ellas construyó una imagen de sí que en general le gustaba.
Más allá de sus particulares pareceres sobre ciertos temas, tenía claro cuáles eran las normas en la sociedad que le tocó en suerte, y le resultaba tranquilizante ajustarse a ellas. Por eso la inquietaba esa situación en la que se había metido contra toda lógica y con toda el alma, si se le iba de las manos, todos terminarían asombrados de la cantidad de polvo que puede esconderse bajo la alfombra.
- Mami, yo te quiero mucho ¿sabés?.- musitó su primogénito con su voz mutante de preadolescente desde un rinconcito de la pileta de lona donde trataban ambos de sobrevivir a esas temperaturas horribles de enero mientras su marido terminaba de lavar los platos y la princesita se ocupaba de otros menesteres (seguramente aún no se había percatado de la idílica situación madre-hijo que la excluía) antes de incorporarse a la abulia de ese domingo caluroso en el patio.
Claro que sabía. Como sabía que era glorioso el deseo intacto de su marido 20 años después de haber puesto fin a sus largos 21 de ignorancia sexual.
Suenan largos veintiuno, pero en su descargo hay que aclarar que cumplió 12 en 1976 y su pubertad y adolescencia transcurrieron signadas por la moral pacata del regimen militar que si bien no fue de por sí determinante (si fuera así todas la de su generación ostentarían estadísticas similares) sí contribuyó a reafirmar la asexualidad del entorno en que transcurrieron sus primeros años.
Digamos que a grandes rasgos tuvo una infancia bastante corriente, o al menos así lo recordaba. Por alguna extraña causa genética o ambiental ni ella ni sus hermanos tenían recuerdos nítidos de sus primeros 10 años de vida. La escasez e índole de los testimonios documentales de la época, de filmaciones ni hablar y en cuanto a la fotografía por aquellos tiempos se pusieron de moda las diapositiva,s esos engendros que exigen un despliegue imposible para accederlas y como pudo verificarse luego, sufren un deterioro bastante superior al de sus más convencionales alternativas impresas, sumada a la parquedad parental al respecto, poco colaboraban en la reconstrucción de ese pasado no tan remoto.
Su familia respondía al clásico modelo de clase media para la época.
El padre universitario, había abandonado su San Juan natal para estudiar en Rosario dejando allá padre, madre y un hermano 5 años mayor. Terminó casado, viviendo en la casa de su consorte junto a la hermana 5 años menor de ésta y la nona, único nombre conocido para esa abuela heredada instalada en el cuarto de arriba, y con los títulos de Licenciado en ciencias políticas y diplomacia, demasiado pomposos y de escasa aplicabilidad en el cargo de empleado público en Aguas Sanitarias que le permitió sin grandes lujos gestar una familia numerosa (así la consideraba el estado a partir del tercer hijo) y asegurarse un retiro digno en un país donde la palabra jubilado tiene inevitables connotaciones de pobreza.
Su madre era maestra pero dejó de ejercer tras el nacimiento de su segundo hijo para abocarse de pleno a la crianza y al mantenimiento de la casa, que era precisamente lo que se esperaba de una madre de clase media en los 70’s.
El cuadro se completaba con tres hijos que lejos de los predicados de la planificación familiar, eran claros indicadores de una indudable fertilidad y el desconocimiento práctico de cualquier tipo de método anticonceptivo de mediana efectividad. Año y medio separaba cada nacimiento y una última ligadura de trompas, previendo la imposibilidad de seguir ejecutando cortes en el vapuleado vientre, puso fin a la carrera de regularidad que los tenía tan bien posicionados.
Ella era la mayor y tenía la teoría de que más que el signo zodiacal era el orden de parición el que imprimía una impronta significativa al temperamento. Era ordenada, recta, estudiosa, temerosa de las formas, defensora a ultranza de la ética en todos los ámbitos, fiel reflejo de las expectativas puestas en su concepción y las tensiones transmitidas por padres primerizos, algo mayores para los cánones de entonces (su madre estaba al borde de la treintena cuando nació su promogénita) y sin el apoyo, o el estorbo, de abuelas que aportaran un marco referencial a las incertidumbres puerperales. Una había muerto y la otra seguía en San Juan. Disponiendo ya de otras dos nietas de su hijo mayor, una nueva mujer que solo prolongaría la estirpe el tiempo necesario para adosar al propio un apellido extraño no ameritaba para Doña Justina un recorrido de 1000km.
Seguía Ariel, primer varón de la generación y lógicamente el preferido de Doña Justina, con esa forma de ser retraída y algo atormentada de los hermanos del medio y por último Fernando, ejemplo de hijo menor, divertido e irresponsable, tan extrovertido como introvertido era Ariel.
¡Qué distinta era la ciudad por entonces! ¡qué distinta la cuadra! ¡qué diferente la forma de transitarla!. La casa familiar estaba ubicada en el que dió en llamarse el macrocentro de la ciudad, entre la Av. Pellegrini y el Bv. 27 de febrero, mucho después el sector de esa franja en el que se desarrolló su infancia recibiría el nombre de barrio del Abasto, en recuerdo del mercado que se emplazaba donde luego hubo por muchos años un baldío de una manzana completa, devenido incluso durante un tiempo en pista de motrocross y finalmente la plaza de la Libertad, con bastante cemento para el gusto de entonces y un enorme arenero. Páramo en verano pero romería multicolor en las tardes de invierno.
La cuadra ostentaba muchos menos árboles, aunque más imponentes. Una posterior campaña de desprestigio contra los inmensos plátanos puso fin a esas frondas copiosas que equilibraban la arquitectura achaparrada de entonces. Ciertamente sus raíces destrozaban las veredas no importaba cuán fuertes fueran los canteros que pretendían contenerlas y el polvillo que despedían sus frutos en primavera afectaba la mucosa nasal de gran parte de la población. Aún quedan algunos, pero poco a poco fueran reemplazados por especies más amigables y su sombra sustituída por la que dispensan los edificios de tres o cuatro plantas que ocuparon el lugar de las casas bajas que por estructura o desidia de sus habitantes no supieron resistir el paso del tiempo.
Al casarse buscó permanecer en ese entorno conocido, y sus sucesivas viviendas no se alejaron más de 10 cuadras de la casa de calle Riobamba. La última, y definitiva hasta donde ella podía imaginar, era una casa interna, en dos plantas, sobre el boulevard 27 de febrero, cerca del parque Independencia. Amplia, con dos patios y dos terrazas, una distribución impecable, y silenciosa (salvo los cada vez más espaciados arranques musicales del vecino), resultaba sorprendente para todo el que se adentraba por primera vez en ese pasillo de 20 metros de largo que separaba el frondoso patio de ingreso de la puerta de calle.
En ese patio, cada verano, se armaba la Pelopincho, que al fin de la temporada terminaba teniendo más limpiezas que zambullidas.
Y allí estaba, con su hijo púber, mirando con los ojos entrecerrados los reflejos de sol que se colaban por la copa del ciruelo del vecino, navegando con la mente en la penumbra del departamento que albergaba sus traiciones.
Hasta entonces, con pocos desvíos, había logrado que sus actos fueran coherentes con sus principios, asumiendo los costos de erigir la honestidad por sobre convenientes disimulos.
Todos, en mayor o menor medida, esconden pecados que pueden enturbiar esa imagen cuidadosamente construida para el resto. Ella no era la excepción, pero trataba de mantenerlos en un mínimo. Era bastante permeable a las opiniones ajenas, y basada en ellas construyó una imagen de sí que en general le gustaba.
Más allá de sus particulares pareceres sobre ciertos temas, tenía claro cuáles eran las normas en la sociedad que le tocó en suerte, y le resultaba tranquilizante ajustarse a ellas. Por eso la inquietaba esa situación en la que se había metido contra toda lógica y con toda el alma, si se le iba de las manos, todos terminarían asombrados de la cantidad de polvo que puede esconderse bajo la alfombra.
- Mami, yo te quiero mucho ¿sabés?.- musitó su primogénito con su voz mutante de preadolescente desde un rinconcito de la pileta de lona donde trataban ambos de sobrevivir a esas temperaturas horribles de enero mientras su marido terminaba de lavar los platos y la princesita se ocupaba de otros menesteres (seguramente aún no se había percatado de la idílica situación madre-hijo que la excluía) antes de incorporarse a la abulia de ese domingo caluroso en el patio.
Claro que sabía. Como sabía que era glorioso el deseo intacto de su marido 20 años después de haber puesto fin a sus largos 21 de ignorancia sexual.
Suenan largos veintiuno, pero en su descargo hay que aclarar que cumplió 12 en 1976 y su pubertad y adolescencia transcurrieron signadas por la moral pacata del regimen militar que si bien no fue de por sí determinante (si fuera así todas la de su generación ostentarían estadísticas similares) sí contribuyó a reafirmar la asexualidad del entorno en que transcurrieron sus primeros años.
Digamos que a grandes rasgos tuvo una infancia bastante corriente, o al menos así lo recordaba. Por alguna extraña causa genética o ambiental ni ella ni sus hermanos tenían recuerdos nítidos de sus primeros 10 años de vida. La escasez e índole de los testimonios documentales de la época, de filmaciones ni hablar y en cuanto a la fotografía por aquellos tiempos se pusieron de moda las diapositiva,s esos engendros que exigen un despliegue imposible para accederlas y como pudo verificarse luego, sufren un deterioro bastante superior al de sus más convencionales alternativas impresas, sumada a la parquedad parental al respecto, poco colaboraban en la reconstrucción de ese pasado no tan remoto.
Su familia respondía al clásico modelo de clase media para la época.
El padre universitario, había abandonado su San Juan natal para estudiar en Rosario dejando allá padre, madre y un hermano 5 años mayor. Terminó casado, viviendo en la casa de su consorte junto a la hermana 5 años menor de ésta y la nona, único nombre conocido para esa abuela heredada instalada en el cuarto de arriba, y con los títulos de Licenciado en ciencias políticas y diplomacia, demasiado pomposos y de escasa aplicabilidad en el cargo de empleado público en Aguas Sanitarias que le permitió sin grandes lujos gestar una familia numerosa (así la consideraba el estado a partir del tercer hijo) y asegurarse un retiro digno en un país donde la palabra jubilado tiene inevitables connotaciones de pobreza.
Su madre era maestra pero dejó de ejercer tras el nacimiento de su segundo hijo para abocarse de pleno a la crianza y al mantenimiento de la casa, que era precisamente lo que se esperaba de una madre de clase media en los 70’s.
El cuadro se completaba con tres hijos que lejos de los predicados de la planificación familiar, eran claros indicadores de una indudable fertilidad y el desconocimiento práctico de cualquier tipo de método anticonceptivo de mediana efectividad. Año y medio separaba cada nacimiento y una última ligadura de trompas, previendo la imposibilidad de seguir ejecutando cortes en el vapuleado vientre, puso fin a la carrera de regularidad que los tenía tan bien posicionados.
Ella era la mayor y tenía la teoría de que más que el signo zodiacal era el orden de parición el que imprimía una impronta significativa al temperamento. Era ordenada, recta, estudiosa, temerosa de las formas, defensora a ultranza de la ética en todos los ámbitos, fiel reflejo de las expectativas puestas en su concepción y las tensiones transmitidas por padres primerizos, algo mayores para los cánones de entonces (su madre estaba al borde de la treintena cuando nació su promogénita) y sin el apoyo, o el estorbo, de abuelas que aportaran un marco referencial a las incertidumbres puerperales. Una había muerto y la otra seguía en San Juan. Disponiendo ya de otras dos nietas de su hijo mayor, una nueva mujer que solo prolongaría la estirpe el tiempo necesario para adosar al propio un apellido extraño no ameritaba para Doña Justina un recorrido de 1000km.
Seguía Ariel, primer varón de la generación y lógicamente el preferido de Doña Justina, con esa forma de ser retraída y algo atormentada de los hermanos del medio y por último Fernando, ejemplo de hijo menor, divertido e irresponsable, tan extrovertido como introvertido era Ariel.
¡Qué distinta era la ciudad por entonces! ¡qué distinta la cuadra! ¡qué diferente la forma de transitarla!. La casa familiar estaba ubicada en el que dió en llamarse el macrocentro de la ciudad, entre la Av. Pellegrini y el Bv. 27 de febrero, mucho después el sector de esa franja en el que se desarrolló su infancia recibiría el nombre de barrio del Abasto, en recuerdo del mercado que se emplazaba donde luego hubo por muchos años un baldío de una manzana completa, devenido incluso durante un tiempo en pista de motrocross y finalmente la plaza de la Libertad, con bastante cemento para el gusto de entonces y un enorme arenero. Páramo en verano pero romería multicolor en las tardes de invierno.
La cuadra ostentaba muchos menos árboles, aunque más imponentes. Una posterior campaña de desprestigio contra los inmensos plátanos puso fin a esas frondas copiosas que equilibraban la arquitectura achaparrada de entonces. Ciertamente sus raíces destrozaban las veredas no importaba cuán fuertes fueran los canteros que pretendían contenerlas y el polvillo que despedían sus frutos en primavera afectaba la mucosa nasal de gran parte de la población. Aún quedan algunos, pero poco a poco fueran reemplazados por especies más amigables y su sombra sustituída por la que dispensan los edificios de tres o cuatro plantas que ocuparon el lugar de las casas bajas que por estructura o desidia de sus habitantes no supieron resistir el paso del tiempo.
Al casarse buscó permanecer en ese entorno conocido, y sus sucesivas viviendas no se alejaron más de 10 cuadras de la casa de calle Riobamba. La última, y definitiva hasta donde ella podía imaginar, era una casa interna, en dos plantas, sobre el boulevard 27 de febrero, cerca del parque Independencia. Amplia, con dos patios y dos terrazas, una distribución impecable, y silenciosa (salvo los cada vez más espaciados arranques musicales del vecino), resultaba sorprendente para todo el que se adentraba por primera vez en ese pasillo de 20 metros de largo que separaba el frondoso patio de ingreso de la puerta de calle.
En ese patio, cada verano, se armaba la Pelopincho, que al fin de la temporada terminaba teniendo más limpiezas que zambullidas.
Y allí estaba, con su hijo púber, mirando con los ojos entrecerrados los reflejos de sol que se colaban por la copa del ciruelo del vecino, navegando con la mente en la penumbra del departamento que albergaba sus traiciones.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Claroscuros laborales, o la imposibilidad de luchar contra Fermín
Es envidiable la seguridad de algunos personajes para insistir en aseveraciones no importa el argumento con que se intente combartirlo.
No sé si se trata de convencimiento, perseverancia o simple estupidez, pero tiene una efectividad superlativa.
Hace un tiempo, en una reunión de trabajo en la empresa, y en ausencia de mi jefe, alguien se refirió a él como Fermín, y ante mi extrañeza, me contó ante todos el chiste que diera origen al apodo. Érase una vez un monaguillo llamado Fermín, que habiendo quedado prendado del reloj del cura, insistía en cuanta ocasión podía para que éste se lo regalara. Sin importar los argumentos, la historia del reloj, su valor, ni lo que este representara para el sacerdote, cada día volvía Fermín a preguntar si no era posible que se lo diera. Como era de esperar, la humanidad del cura pudo con la paciencia que cultivara en el ejercicio de su oficio, y al cabo de una miríada de reclamos, claudicó en la defensa y amparado en la terrenalidad del bien, cedió su propiedad. Mientras todo esto pasaba, durante las confesiones, una muchacha comenzó a relatar los pequeños pecados en los que estaba cayendo para complacer a su novio. El sacerdote, previendo el desenlace, aconsejaba a la niña sobre la importancia de mantenerse virgen y no sucumbir a las exigencias sexuales del novio, y le proveía de los argumentos para resistirlas, hasta que en cierta ocasión, en medio del relato de algún encuentro, la chica soltó el nombre del pretendiente:.. "Ah, no, querida, siendo Fermín, date por cogida".
Efectivamente, más allá de lo difícil que es compartir la risa cuando quienes la promueven son los dueños de la empresa y Fermín uno de sus gerentes, además de mi jefe, la analogía es perfecta.
Fermín funda su elocuencia en la repetición hasta el cansancio (de la audiencia) del argumento que pergreñó. Si en el transcurso de la elocución alguien rebate algún punto con algo de fundamento, sólo una pequeña pausa permite inferir la duda, y acto seguido, Fermín arremete de nuevo desde el principio, sin cambiar una coma al discurso, y repite el ciclo tantas veces como sea necesario para aplacar el disenso.
Las ideas más férreas se rinden invariablemente ante la perseverancia inclaudicable, no importa cuan necias o brillantes sean y la impotencia más abominable se adueña de uno, aún cuando sepa que a lo mejor mañana, o dentro de seis meses, la duda sembrada florecerá en algún ajuste al discurso original, con más o menos respeto por el espíritu que lo alumbrara.
No sé si se trata de convencimiento, perseverancia o simple estupidez, pero tiene una efectividad superlativa.
Hace un tiempo, en una reunión de trabajo en la empresa, y en ausencia de mi jefe, alguien se refirió a él como Fermín, y ante mi extrañeza, me contó ante todos el chiste que diera origen al apodo. Érase una vez un monaguillo llamado Fermín, que habiendo quedado prendado del reloj del cura, insistía en cuanta ocasión podía para que éste se lo regalara. Sin importar los argumentos, la historia del reloj, su valor, ni lo que este representara para el sacerdote, cada día volvía Fermín a preguntar si no era posible que se lo diera. Como era de esperar, la humanidad del cura pudo con la paciencia que cultivara en el ejercicio de su oficio, y al cabo de una miríada de reclamos, claudicó en la defensa y amparado en la terrenalidad del bien, cedió su propiedad. Mientras todo esto pasaba, durante las confesiones, una muchacha comenzó a relatar los pequeños pecados en los que estaba cayendo para complacer a su novio. El sacerdote, previendo el desenlace, aconsejaba a la niña sobre la importancia de mantenerse virgen y no sucumbir a las exigencias sexuales del novio, y le proveía de los argumentos para resistirlas, hasta que en cierta ocasión, en medio del relato de algún encuentro, la chica soltó el nombre del pretendiente:.. "Ah, no, querida, siendo Fermín, date por cogida".
Efectivamente, más allá de lo difícil que es compartir la risa cuando quienes la promueven son los dueños de la empresa y Fermín uno de sus gerentes, además de mi jefe, la analogía es perfecta.
Fermín funda su elocuencia en la repetición hasta el cansancio (de la audiencia) del argumento que pergreñó. Si en el transcurso de la elocución alguien rebate algún punto con algo de fundamento, sólo una pequeña pausa permite inferir la duda, y acto seguido, Fermín arremete de nuevo desde el principio, sin cambiar una coma al discurso, y repite el ciclo tantas veces como sea necesario para aplacar el disenso.
Las ideas más férreas se rinden invariablemente ante la perseverancia inclaudicable, no importa cuan necias o brillantes sean y la impotencia más abominable se adueña de uno, aún cuando sepa que a lo mejor mañana, o dentro de seis meses, la duda sembrada florecerá en algún ajuste al discurso original, con más o menos respeto por el espíritu que lo alumbrara.
jueves, 12 de agosto de 2010
Sobre la inmortalidad virtual..., o el anacronismo de los Puentes de Madison
¿Cuánto de todo lo que puebla el ciberespacio pertenece a gente muerta? No me refiero a citas de autores fallecidos sino a miles de ignotos contenidos que sobreviven a sus autores reales, inconscientes de su orfandad.
Sin ley sucesoria ni mecanismos para legar nuestras personalidades virtuales, ¿cómo hubiera trascendido el apasionado romance de los Puentes de Madison unas décadas más tarde? No hubiera sido la hija de la protagonista quien hallara en un arcón, primorosamente atadas con cinta, las cartas y confesiones que permitieron reconstruir la historia reveladora de esos pocos días y descubrir en su madre a la mujer que en verdad era. Quizás un hacker aburrido fuera hoy quien por azar rescatara fugazmente los mails que encendieron un amor furtivo, o el blog en que ella intentaba vanamente rescatar del olvido los retazos de memoria, para eliminarlos después.
Sin recurrir a ejemplos cinematográficos, viene a mi mente el recuerdo de Herminia, hermana soltera de mi abuelo, que falleció como vivió: sola, y legó sin saberlo a mi madre sus últimas y escuetas pertenencias. Además de un ventilador, una repisita, algún cobertor y ropa antigua, encontramos unas reveladoras postales sepias, testigos de un amor apasionado que la vinculó a un artista porteño en épocas de tangueros. Ese sólo descubrimiento le dió una luz distinta al recuerdo de la eterna directora de escuela que vivió siempre en pensiones, que a cambio de un paquete de boca de damas, tomaba prestados nietos ajenos para jugar a la familia en la plaza..
Cuando yo muera, a menos que tenga la precaución de dejar un testamento virtual lo suficientemente actualizado y abarcativo para sortear caducidades, no habrá sorpresas. Seguiré siendo la madre, la esposa, la hija, la profesional que siempre hizo lo debido, que hasta "pensaba" lo que de ella se esperaba, sin permisos para sentimientos no convenientes ni rebeldías. De un tiempo a esta parte las únicas amistades sinceras que conservo son las que se sostienen en mails largos escritos desde el alma o el raciocinio, pero auténticos. Los destinatarios tardarán bastante en percatarse del evento, ¿quién les avisaría?; quizás para ellos no muera nunca, solo demore mis respuestas un poco más de lo acostumbrado..
Sin ley sucesoria ni mecanismos para legar nuestras personalidades virtuales, ¿cómo hubiera trascendido el apasionado romance de los Puentes de Madison unas décadas más tarde? No hubiera sido la hija de la protagonista quien hallara en un arcón, primorosamente atadas con cinta, las cartas y confesiones que permitieron reconstruir la historia reveladora de esos pocos días y descubrir en su madre a la mujer que en verdad era. Quizás un hacker aburrido fuera hoy quien por azar rescatara fugazmente los mails que encendieron un amor furtivo, o el blog en que ella intentaba vanamente rescatar del olvido los retazos de memoria, para eliminarlos después.
Sin recurrir a ejemplos cinematográficos, viene a mi mente el recuerdo de Herminia, hermana soltera de mi abuelo, que falleció como vivió: sola, y legó sin saberlo a mi madre sus últimas y escuetas pertenencias. Además de un ventilador, una repisita, algún cobertor y ropa antigua, encontramos unas reveladoras postales sepias, testigos de un amor apasionado que la vinculó a un artista porteño en épocas de tangueros. Ese sólo descubrimiento le dió una luz distinta al recuerdo de la eterna directora de escuela que vivió siempre en pensiones, que a cambio de un paquete de boca de damas, tomaba prestados nietos ajenos para jugar a la familia en la plaza..
Cuando yo muera, a menos que tenga la precaución de dejar un testamento virtual lo suficientemente actualizado y abarcativo para sortear caducidades, no habrá sorpresas. Seguiré siendo la madre, la esposa, la hija, la profesional que siempre hizo lo debido, que hasta "pensaba" lo que de ella se esperaba, sin permisos para sentimientos no convenientes ni rebeldías. De un tiempo a esta parte las únicas amistades sinceras que conservo son las que se sostienen en mails largos escritos desde el alma o el raciocinio, pero auténticos. Los destinatarios tardarán bastante en percatarse del evento, ¿quién les avisaría?; quizás para ellos no muera nunca, solo demore mis respuestas un poco más de lo acostumbrado..
jueves, 29 de julio de 2010
Un problemita con el agua caliente
Desayuno de hotel, cuasi buffet. En algún momento me generaban cierta expectativa. Aunque este no es el caso, en otros lugares anticipar la fiesta de la opípara mixtura de panes, fiambre, facturas, tortas, dulces y frutas, me daba alguna satisfacción, siempre más grande que la de engullirlos.
Como pasa con todo lo que se transforma en costumbre, fue poco a poco perdiendo su encanto, lo que sumado a la necesidad de optmizar la ingesta en prevención de un aumento de peso, termina poniendo sobre mi mesa un café espeso y quemado, un vasito de jugo y dos flacas medialunas. Al frente un televisor con TN, para ir leyendo los títulos e infiriendo la noticia de las imágenes que los acompañan, ya que el sonido proviene de la segunda pantalla a mi derecha, sintonizada en algún canal de música.
Un ajuste presupuestario de la empresa me arrojó de un tiempo a esta parte del coqueto appart al que siguen concurriendo mis compañeros varones (porque siendo más tienen la posibilidad de compartir habitación), a este "palace hotel" nominal. De poder disfrutar de media hora de sauna por las tardes en el appart a dos cuadras de la oficina, a la actual falta de agua caliente que me regaló la experiencia de una ducha helada y una caminata diaria de 8 o 9 cuadras con veredas rotas y superpobladas, arrastrando la valijita medio vacía que me acompaña en estas excursiones.
Si no fuera por el wi fi que me permite hacer catarsis en estas líneas, y las dos pantallas que quedaron como recuerdo del mundial, la decoración de habitaciones y lugares comunes remiten a varias décadas atrás.
El desayunador se está poblando y supongo que debo ir acomodando las cosas para partir rumbo a la jornada de trabajo que espero sea lo suficientemente breve para evitarle a los míos la larga espera para cenar y acercarme el lujo de una ducha caliente.
Como pasa con todo lo que se transforma en costumbre, fue poco a poco perdiendo su encanto, lo que sumado a la necesidad de optmizar la ingesta en prevención de un aumento de peso, termina poniendo sobre mi mesa un café espeso y quemado, un vasito de jugo y dos flacas medialunas. Al frente un televisor con TN, para ir leyendo los títulos e infiriendo la noticia de las imágenes que los acompañan, ya que el sonido proviene de la segunda pantalla a mi derecha, sintonizada en algún canal de música.
Un ajuste presupuestario de la empresa me arrojó de un tiempo a esta parte del coqueto appart al que siguen concurriendo mis compañeros varones (porque siendo más tienen la posibilidad de compartir habitación), a este "palace hotel" nominal. De poder disfrutar de media hora de sauna por las tardes en el appart a dos cuadras de la oficina, a la actual falta de agua caliente que me regaló la experiencia de una ducha helada y una caminata diaria de 8 o 9 cuadras con veredas rotas y superpobladas, arrastrando la valijita medio vacía que me acompaña en estas excursiones.
Si no fuera por el wi fi que me permite hacer catarsis en estas líneas, y las dos pantallas que quedaron como recuerdo del mundial, la decoración de habitaciones y lugares comunes remiten a varias décadas atrás.
El desayunador se está poblando y supongo que debo ir acomodando las cosas para partir rumbo a la jornada de trabajo que espero sea lo suficientemente breve para evitarle a los míos la larga espera para cenar y acercarme el lujo de una ducha caliente.
martes, 20 de julio de 2010
Amigos son los amigos
Días como hoy me generan una mezcla de tristeza, angustia y desesperanza.
Tristeza, porque de alguna manera los pocos destinatarios de un saludo que tengo ponen en evidencia mi incapacidad para generar el tipo de relaciones que están en boga, excluyéndome del clima festivo. Angustia porque no me puedo convencer de la ventaja asociada a hacer el esfuerzo por superar tal defecto, toda vez que no termino de pasarla bien en esas reuniones multitudinarias en que se hacen los mismos chistes de siempre, compartiendo comida y bebida a falta de cosas más profundas. Y desesperanza, porque tengo miedo de que de tanto usar la palabra para designar otra cosa, esa otra cosa, que no es más que compañerismo, termine por apropiarse del término dejando huérfano de nombre al sentimiento que une a dos personas por sobre las circunstancias de su encuentro.
¿Qué lleva a alguien a enviar un mensaje de texto por el Día del Amigo a todos sus contactos, donde imagino que aparte de yo (que no me considero en lo absoluto amiga de mi prima a la que veo cada un promedio de 5 años), debe haber agendados familiares, eventuales contactos de negocios, y compañeros de trabajo?
¿Por qué la responsable de RRHH de la empresa se toma la atribución de considerarme su amiga, junto al resto de la planta, si como mucho podemos llegar a compartir alguna charla para llenar el tiempo de un viaje en colectivo (de los que no tengo la fortuna de hacer en soledad), alguna fiesta corporativa y la anhelada entrevista de desvinculación?
¿Quién está más carente de amigos, yo que acuso con reservas 2 o 3, o quienes cubren el bache con la gente que les hizo o aceptó una invitación en facebook, o que el destino o el CV puso en el box de al lado?
Quizás sea sólo otro síntoma de anacronismo, ya que hace unos años los amigos se saludaban en los encuentros que devenían de esa condición, que podían ser diarios o quinquenales, y no existía esa necesidad de inventariar cada 20 de julio a beneficio de telefónicas, bares y tiendas de regalos.
Salgo un rato, aquí en la oficina van a compartir unas empanadas y algún sandwichito y yo prefiero brindar con mi copa llena de pasado, en un banco de plaza, con el recuerdo de los que estuvieron y/o están cerca de mi corazón, aunque alguno no lo sepa o algún otro ya lo haya olvidado.
Tristeza, porque de alguna manera los pocos destinatarios de un saludo que tengo ponen en evidencia mi incapacidad para generar el tipo de relaciones que están en boga, excluyéndome del clima festivo. Angustia porque no me puedo convencer de la ventaja asociada a hacer el esfuerzo por superar tal defecto, toda vez que no termino de pasarla bien en esas reuniones multitudinarias en que se hacen los mismos chistes de siempre, compartiendo comida y bebida a falta de cosas más profundas. Y desesperanza, porque tengo miedo de que de tanto usar la palabra para designar otra cosa, esa otra cosa, que no es más que compañerismo, termine por apropiarse del término dejando huérfano de nombre al sentimiento que une a dos personas por sobre las circunstancias de su encuentro.
¿Qué lleva a alguien a enviar un mensaje de texto por el Día del Amigo a todos sus contactos, donde imagino que aparte de yo (que no me considero en lo absoluto amiga de mi prima a la que veo cada un promedio de 5 años), debe haber agendados familiares, eventuales contactos de negocios, y compañeros de trabajo?
¿Por qué la responsable de RRHH de la empresa se toma la atribución de considerarme su amiga, junto al resto de la planta, si como mucho podemos llegar a compartir alguna charla para llenar el tiempo de un viaje en colectivo (de los que no tengo la fortuna de hacer en soledad), alguna fiesta corporativa y la anhelada entrevista de desvinculación?
¿Quién está más carente de amigos, yo que acuso con reservas 2 o 3, o quienes cubren el bache con la gente que les hizo o aceptó una invitación en facebook, o que el destino o el CV puso en el box de al lado?
Quizás sea sólo otro síntoma de anacronismo, ya que hace unos años los amigos se saludaban en los encuentros que devenían de esa condición, que podían ser diarios o quinquenales, y no existía esa necesidad de inventariar cada 20 de julio a beneficio de telefónicas, bares y tiendas de regalos.
Salgo un rato, aquí en la oficina van a compartir unas empanadas y algún sandwichito y yo prefiero brindar con mi copa llena de pasado, en un banco de plaza, con el recuerdo de los que estuvieron y/o están cerca de mi corazón, aunque alguno no lo sepa o algún otro ya lo haya olvidado.
miércoles, 14 de julio de 2010
Volviendo
Los viajes de regreso en colectivo desde capital tiene la extraña propiedad de sensibilizarme. En más de una ocasión, cuando la fortuna me regala la posibilidad de viajar sola, en la intimidad de ese interior oscuro compartido con desconocidos, lentas lágrimas arrastran el poco maquillaje que queda en mis pestañas por los laterales del rostro, y una angustia triste me comprime el pecho. El contexto es propicio. La oscuridad matizada por las luces azules que marcan el pasillo, el cielo exageradamente estrellado afuera, el rumor del motor, el balanceo, el agotamiento tras una jornada lejos de casa entre gente con la que no logro congeniar sin que medie conflicto alguno, para cumplir con objetivos difusos o directamente poco atractivos, y los leds rojos de un reloj digital recordándome la perspectiva de más de 4 horas sin otra cosa en que distraer el pensamiento que alguna película sin sonido y mal doblada, o las canciones de siempre en el viejo mp3 de 512Mb.
Metafísicos pensamientos sobre la inmensidad del universo, entrañables recuerdos del permiso de amor que en la mitad de mi vida me acercó por un rato a Sebastián, polifacéticas premoniciones de muerte, los rostros de mis hijos y mis padres, el amor llano de Omar, las pocas muy buenas personas que este trabajo me permitió conocer; imágenes intermitentes que se cuelan en la irracionalidad de esas horas suspendidas entre las dos ciudades. Una mezcla lacrimógena de dicha y tristeza, un paréntesis para los sentimientos..
Metafísicos pensamientos sobre la inmensidad del universo, entrañables recuerdos del permiso de amor que en la mitad de mi vida me acercó por un rato a Sebastián, polifacéticas premoniciones de muerte, los rostros de mis hijos y mis padres, el amor llano de Omar, las pocas muy buenas personas que este trabajo me permitió conocer; imágenes intermitentes que se cuelan en la irracionalidad de esas horas suspendidas entre las dos ciudades. Una mezcla lacrimógena de dicha y tristeza, un paréntesis para los sentimientos..
viernes, 18 de junio de 2010
Ciudades de ríos avainillados
La elección del itinerario para mi primer viaje a Europa, sin ninguna premeditación, terminó enrutando 4 ciudades aunadas por el protagonismo de sus puentes, las vainillas del título, en una imagen reservada a los iniciados en el bordado. Londres, Brujas, París y Praga; el Thámesis, el anominato de los canales, el Sena y el Vtlava, configuran pares indivisibles que animan a caminatas interminables, mágicas, románticas o curiosas, según el contexto.
En Londres, la ribera opuesta al Victoria Enbarkment, desde el puente de Westminster hasta el de Londres, se presenta jalonada de hitos…y elefantes. Una muestra similar a la de las vacas en Buenos Aires, invadió Londres por la época de mi viaje de estos paquidermos decorados, para embellecer y concientizar sobre el estado de la especie.
Sin que el orden de la numeración tenga rigor geográfico, ya que cuando mi memoria se satura de diversidad descarta datos y focaliza sensaciones, se suceden los descubrimientos, algunos buscados, otros sorpresivos. Una vuelta en el London Eye, donde lo fascinante, más que la panorámica ya repetida en miles de fotografías, es el paisaje humano de la cabina. ¿Cómo no distraer la mirada para apreciar el colorido de un turbante carioca o un sari indú llevado con la naturalidad de la pertenencia? El crisol de etnias que puebla esta metrópolis temporal o permanentemente, está representado en esta burbuja acristalada y justifica los 20 minutos y bastantes libras invertidas. De nuevo en tierra, mientras caminamos siguiendo la vera del río, apreciamos unas explanadas, de no recuerdo qué edificio, apropiadas por graffitis, bikers y skaters. Creo que es lo más transgresor que vimos en nuestra breve estadía en la ciudad, sin llegar a serlo en lo más mínimo. Al llegar al puente del Milenio, con esfuerzo resistimos el llamado desde la ribera opuesta de la cúpula de Saint Paul’s, y mantuvimos el rumbo planeado. Pasamos por the Globe, nos regalamos un recorrido rápido por el Tate Modern, donde la generosidad característica de los museos británicos nos nutrió el intelecto y los sentidos sin pedir una libra a cambio. Vimos los restos de la muralla primigenia, la réplica del galeón de Francis Drake, nos adentramos bajo puentes y pasajes ambientados en el Londres de Jack the Ripper con sus museos del horror, y quedamos apabullados por la exultante modernidad del City Hall, antes de cruzar finalmente por el más emblemático de los puentes sobre el Thámesis y sumergirnos en la City. El elogio de los pequeños jardines y patios públicos que se esconden detrás de las iglesias y en los rincones más imprevistos, por no estar relacionado al río, excede este relato.
En Brujas, la experiencia es completamente distinta. El asombro de la recorrida londinense deja paso al ensueño de una filigrana de canales y arroyos, orlados de una arquitectura medieval sabiamente preservada. Aquí es imposible perder de vista los cursos de agua. Sólo los pregones de un mercado de lo más ecléctico y animado, donde se cruzan flores, plantas, frutas, quesos y pollos listos para el degüelle, nos aleja por un momento de la multiplicada ribera. Fue un acierto dedicar una noche a Brujas, la avalancha de turistas “de día” desaparece al anochecer y los canales iluminados, engalanados de silencio, se ofrecen a los afortunados. Por la mañana, antes de que miles de japoneses invadan portales, puentes y callejuelas empedradas, es posible tomar alguna foto en la que no sea necesario ensayar un “buscando a Wally” para identificar al protagonista, y lograr una atención personalizada en las espectaculares chocolaterías.
El recorrido del Sena, en un día gris y lluvioso como todos los de nuestra estancia en París (¿no era Londres la del clima destemplado?), arrancando en el Pont Neuf no ofrece demasiados contrastes. Es una sucesión de vistas bellas, puro clasicismo. Sin proponérmelo me encuentro tarareando para mis adentros a la Piaf. Las raíces latinas marcan la diferencia con los destinos anteriores, la gente en la calle bocifera, se empuja, se enoja con arrogancia ante un turista embelesado que se atraviesa en su camino y eventualmente, lo tima. Supongo que veníamos con la guardia baja después de la corrección inglesa y la amabilidad belga, sino resulta incomprensible que dos argentinos caigan tan inocentemente con una treta tan manida. El escenario, una de las fachadas del Louvre, junto al Sena obviamente, con la sola presencia de la llovizna, y nosotros. Sin que supiéramos de dónde, apareció una señora humilde que recogió algo del suelo, lo miró extrañada (juro que fue una actuación impecable) y se nos acercó para preguntar si era nuestro (supongo, mi francés es pésimo). Se trataba de un anillo dorado enorme. Repasando el encuentro, veo que no sólo fue una gran actuación, también hay un guión cuidado que la soporta. Si bien nuestra negativa la alejó, unos pasos más allá giró en redondo, se nos acercó y puso el anillo en mis manos, cerrándolas con las suyas, en un gesto de inesperado cariño. Con las palabras necesarias para que un lego en el idioma pueda comprender el mensaje, se manifestó imposibilitada de aceptar el regalo que el destino ponía en sus manos por ser evangelista. De nada sirvió mi insistencia en que lo tomara. Con una sonrisa beatífica, digna del gesto, dio media vuelta y comenzó a alejarse, lo suficiente para darle un efecto natural a la escena. A los diez metros se volvió. En ese instante mi adormilado instinto se puso alerta. La puesta en escena entró en su momento más flojo cuando las palabras “café” y “coca” pusieron en evidencia la finalidad del ya claro embuste, cayendo en lo más burdo cuando evaluando la dádiva, sugirió que era insuficiente y reclamó un poco más. Cinco o seis euros nos salió el espectáculo, barato si se tiene en cuenta que era actoralmente aceptable, sobre todo el primer acto, venía con un anillo de recuerdo y, pasado el momento de indignación contra uno mismo, se convertía en una anécdota interesante.
Es injusto limitar un relato sobre el Sena a este episodio, toda vez que sobre él también reposan construcciones fastuosas. A esta categoría pertenecen el Petit y el Grand Palais, aún cuando el último decepcione un poco al espiar el interior vacío; o el Musée d’Orsay, donde a menos que uno oble unos cuantos euros (cómo extraño la generosidad británica), no hay para ver más que el exterior de una vieja estación; o el fabuloso Puente de Alejandro III.
Nuestra primera vista del Vtlava cumplió con todas las expectativas. Fue a la altura del puente más cercano a la curiosa construcción apodada Ginger y Fred, donde bajando una escalera se encuentra el embarcadero que da acceso a un Botel (no sabía de la existencia de estas opciones de alojamiento hasta que comencé las averiguaciones para Praga). A esta altura el río tiene unas islas intermedias a la manera del Sena, pero muy boscosas, la isla de Kampa, y el curso está como “regulado” por pequeñas exclusas o presas que configuran cambios en la corriente muy vistosos. La perspectiva mostraba al fondo el famoso puente de Carlos y el Castillo, que en verdad no es tal, sino una fortificación o ciudadela donde las cúpulas y torres corresponden a la Catedral de San Vito y monasterios que se encuentran sobre las callejuelas internas, pero esto lo supe después. La visión es de cuento, como en Brujas pero más amplia y por tanto un poco más majestuosa. El bordeo del río nos lleva lógicamente al Puente de Carlos. Lamentablemente, como nos sucediera también en lugares emblemáticos de Londres y París, las tareas de mantenimiento ocultan parte de la vista y dificultan el tránsito nutrido de turistas. Si uno logra abstraerse de esto, cruzarlo es una experiencia particular. El clima que se respira en Praga, con sus negras construcciones y estatuas (tal es el caso del puente), tiene algo de gótico, de magia oscura. El medioevo, que en Brujas se manifiesta con su costado bucólico aquí fluye en una sensación más sombría, aunque terriblemente bella. Más adelante, otros puentes menos frecuentados ofrecen una vista más reposada, y uno de ellos nos lleva al extraño metrónomo gigante, erigido donde en su momento estuvo la igualmente gigantesca estatua de Stalin. La vista desde el mirador que soporta el absurdo mecanismo que pendula sin descanso ni propósito, es soberbia.
Cuatro ciudades muy distintas que supieron curar las heridas que les infligen sus ríos con costuras de concreto, metal y ensueño.
En Londres, la ribera opuesta al Victoria Enbarkment, desde el puente de Westminster hasta el de Londres, se presenta jalonada de hitos…y elefantes. Una muestra similar a la de las vacas en Buenos Aires, invadió Londres por la época de mi viaje de estos paquidermos decorados, para embellecer y concientizar sobre el estado de la especie.
Sin que el orden de la numeración tenga rigor geográfico, ya que cuando mi memoria se satura de diversidad descarta datos y focaliza sensaciones, se suceden los descubrimientos, algunos buscados, otros sorpresivos. Una vuelta en el London Eye, donde lo fascinante, más que la panorámica ya repetida en miles de fotografías, es el paisaje humano de la cabina. ¿Cómo no distraer la mirada para apreciar el colorido de un turbante carioca o un sari indú llevado con la naturalidad de la pertenencia? El crisol de etnias que puebla esta metrópolis temporal o permanentemente, está representado en esta burbuja acristalada y justifica los 20 minutos y bastantes libras invertidas. De nuevo en tierra, mientras caminamos siguiendo la vera del río, apreciamos unas explanadas, de no recuerdo qué edificio, apropiadas por graffitis, bikers y skaters. Creo que es lo más transgresor que vimos en nuestra breve estadía en la ciudad, sin llegar a serlo en lo más mínimo. Al llegar al puente del Milenio, con esfuerzo resistimos el llamado desde la ribera opuesta de la cúpula de Saint Paul’s, y mantuvimos el rumbo planeado. Pasamos por the Globe, nos regalamos un recorrido rápido por el Tate Modern, donde la generosidad característica de los museos británicos nos nutrió el intelecto y los sentidos sin pedir una libra a cambio. Vimos los restos de la muralla primigenia, la réplica del galeón de Francis Drake, nos adentramos bajo puentes y pasajes ambientados en el Londres de Jack the Ripper con sus museos del horror, y quedamos apabullados por la exultante modernidad del City Hall, antes de cruzar finalmente por el más emblemático de los puentes sobre el Thámesis y sumergirnos en la City. El elogio de los pequeños jardines y patios públicos que se esconden detrás de las iglesias y en los rincones más imprevistos, por no estar relacionado al río, excede este relato.
En Brujas, la experiencia es completamente distinta. El asombro de la recorrida londinense deja paso al ensueño de una filigrana de canales y arroyos, orlados de una arquitectura medieval sabiamente preservada. Aquí es imposible perder de vista los cursos de agua. Sólo los pregones de un mercado de lo más ecléctico y animado, donde se cruzan flores, plantas, frutas, quesos y pollos listos para el degüelle, nos aleja por un momento de la multiplicada ribera. Fue un acierto dedicar una noche a Brujas, la avalancha de turistas “de día” desaparece al anochecer y los canales iluminados, engalanados de silencio, se ofrecen a los afortunados. Por la mañana, antes de que miles de japoneses invadan portales, puentes y callejuelas empedradas, es posible tomar alguna foto en la que no sea necesario ensayar un “buscando a Wally” para identificar al protagonista, y lograr una atención personalizada en las espectaculares chocolaterías.
El recorrido del Sena, en un día gris y lluvioso como todos los de nuestra estancia en París (¿no era Londres la del clima destemplado?), arrancando en el Pont Neuf no ofrece demasiados contrastes. Es una sucesión de vistas bellas, puro clasicismo. Sin proponérmelo me encuentro tarareando para mis adentros a la Piaf. Las raíces latinas marcan la diferencia con los destinos anteriores, la gente en la calle bocifera, se empuja, se enoja con arrogancia ante un turista embelesado que se atraviesa en su camino y eventualmente, lo tima. Supongo que veníamos con la guardia baja después de la corrección inglesa y la amabilidad belga, sino resulta incomprensible que dos argentinos caigan tan inocentemente con una treta tan manida. El escenario, una de las fachadas del Louvre, junto al Sena obviamente, con la sola presencia de la llovizna, y nosotros. Sin que supiéramos de dónde, apareció una señora humilde que recogió algo del suelo, lo miró extrañada (juro que fue una actuación impecable) y se nos acercó para preguntar si era nuestro (supongo, mi francés es pésimo). Se trataba de un anillo dorado enorme. Repasando el encuentro, veo que no sólo fue una gran actuación, también hay un guión cuidado que la soporta. Si bien nuestra negativa la alejó, unos pasos más allá giró en redondo, se nos acercó y puso el anillo en mis manos, cerrándolas con las suyas, en un gesto de inesperado cariño. Con las palabras necesarias para que un lego en el idioma pueda comprender el mensaje, se manifestó imposibilitada de aceptar el regalo que el destino ponía en sus manos por ser evangelista. De nada sirvió mi insistencia en que lo tomara. Con una sonrisa beatífica, digna del gesto, dio media vuelta y comenzó a alejarse, lo suficiente para darle un efecto natural a la escena. A los diez metros se volvió. En ese instante mi adormilado instinto se puso alerta. La puesta en escena entró en su momento más flojo cuando las palabras “café” y “coca” pusieron en evidencia la finalidad del ya claro embuste, cayendo en lo más burdo cuando evaluando la dádiva, sugirió que era insuficiente y reclamó un poco más. Cinco o seis euros nos salió el espectáculo, barato si se tiene en cuenta que era actoralmente aceptable, sobre todo el primer acto, venía con un anillo de recuerdo y, pasado el momento de indignación contra uno mismo, se convertía en una anécdota interesante.
Es injusto limitar un relato sobre el Sena a este episodio, toda vez que sobre él también reposan construcciones fastuosas. A esta categoría pertenecen el Petit y el Grand Palais, aún cuando el último decepcione un poco al espiar el interior vacío; o el Musée d’Orsay, donde a menos que uno oble unos cuantos euros (cómo extraño la generosidad británica), no hay para ver más que el exterior de una vieja estación; o el fabuloso Puente de Alejandro III.
Nuestra primera vista del Vtlava cumplió con todas las expectativas. Fue a la altura del puente más cercano a la curiosa construcción apodada Ginger y Fred, donde bajando una escalera se encuentra el embarcadero que da acceso a un Botel (no sabía de la existencia de estas opciones de alojamiento hasta que comencé las averiguaciones para Praga). A esta altura el río tiene unas islas intermedias a la manera del Sena, pero muy boscosas, la isla de Kampa, y el curso está como “regulado” por pequeñas exclusas o presas que configuran cambios en la corriente muy vistosos. La perspectiva mostraba al fondo el famoso puente de Carlos y el Castillo, que en verdad no es tal, sino una fortificación o ciudadela donde las cúpulas y torres corresponden a la Catedral de San Vito y monasterios que se encuentran sobre las callejuelas internas, pero esto lo supe después. La visión es de cuento, como en Brujas pero más amplia y por tanto un poco más majestuosa. El bordeo del río nos lleva lógicamente al Puente de Carlos. Lamentablemente, como nos sucediera también en lugares emblemáticos de Londres y París, las tareas de mantenimiento ocultan parte de la vista y dificultan el tránsito nutrido de turistas. Si uno logra abstraerse de esto, cruzarlo es una experiencia particular. El clima que se respira en Praga, con sus negras construcciones y estatuas (tal es el caso del puente), tiene algo de gótico, de magia oscura. El medioevo, que en Brujas se manifiesta con su costado bucólico aquí fluye en una sensación más sombría, aunque terriblemente bella. Más adelante, otros puentes menos frecuentados ofrecen una vista más reposada, y uno de ellos nos lleva al extraño metrónomo gigante, erigido donde en su momento estuvo la igualmente gigantesca estatua de Stalin. La vista desde el mirador que soporta el absurdo mecanismo que pendula sin descanso ni propósito, es soberbia.
Cuatro ciudades muy distintas que supieron curar las heridas que les infligen sus ríos con costuras de concreto, metal y ensueño.
martes, 8 de junio de 2010
Decir basta
Llevo 27 de mis 45 años de vida laburando. Tras una carrera interesante en el manejo de áreas de sistemas, el destino aciago me depositó hace 4 años y medio en una Consultora, para llevar adelante un plan de contingencia para un banco. Teniendo en cuenta mi edad y la experiencia inmediata anterior (3 meses en una microempresa de software haciendo un remedo de implementaciones, con un clima laboral nublado con altas probabilidades de tormentas fuertes) digamos que se trató de una situación afortunada.
Hasta ese momento estaba convencida de que era capaz de entusiasmarme con prácticamente cualquier trabajo. Unos cuantos proyectos más adelante, de dudosa utilidad para nadie, con la obvia excepción de las arcas de la consultora, bastaron para derribar la hipótesis. Hoy fantaseo con utilizar las 10 horas diarias (o más si hay viajes) que consumo en áridas reuniones y vanas planificaciones, en limpiar el baño de mi casa como se debe, cocinar para la flía y despuntar el vicio de pintar (cuadros, paredes o barandas) y tejer sin culpas.
¿Qué hay de digno o motivador en confeccionar informes, manuales y presentaciones que no son leídos por nadie, por la simple razón de que no fueron pedidos para ser leídos, sino para ser presentados ante quien corresponda, para que "estén"? ¿Para qué luchar por imponer esquemas de trabajo internos (en clientes o en la misma consultora) que, más allá de su conveniencia, no interesan a nadie más que a una cúpula alejada de la operatoria y sin el liderazgo necesario para promoverlos?
Hace más de una semana que todo mi poder persuasivo está dedicado a que mi jefe entienda que prefiero irme a casa y reemplazar a la chica que hace las labores domésticas, a aguardar la jubilación dedicando mi esfuerzo, entre otras cosas, a convencer a terceros de algo en lo que no creo.
Lógicamente, me puedo dar el lujo de estos planteos porque no está en juego mi supervivencia ni la de los míos, y porque, por anacrónica, no soy consumista.
Cuando se es más joven está la posibilidad de buscar otra cosa, embarcarse en un nuevo trabajo, a la larga tan frustrante como el actual, pero que en lo inmediato nos mantendrá ocupados, entretenidos, y nos brinda la excusa perfecta para salir "dignamente" y sin tantas explicaciones.
A los 45 eso no existe, por un lado porque nadie te convoca pero por el otro uno ya tiene la certeza de que no encontrará en otro puesto algo muy distinto a lo actual.
Paradójicamnte, la habilidad que traen los años de ver un poquito más de lejos las situaciones, la misma que me hace "buena" para lo que hago, es la que me empuja fuera.
Es muy difícil decir basta a una situación en la que casi el único conflicto es con uno mismo. Al proceso inicial de convencerse de la necesidad de hacerlo, luchando contra los propios paradigmas y preconceptos, sigue la búsqueda del momento justo, que definitivamente no existe. Cuando uno termina por resignar la búsqueda conformándose con el mejor, o cualquiera, en lugar del justo, empieza la tarea de convencer a los otros, a todos lo que de una u otra manera van a ser impactados por la decisión. Es agotador, tanto que a veces es más fácil decir basta a decir basta...
Hasta ese momento estaba convencida de que era capaz de entusiasmarme con prácticamente cualquier trabajo. Unos cuantos proyectos más adelante, de dudosa utilidad para nadie, con la obvia excepción de las arcas de la consultora, bastaron para derribar la hipótesis. Hoy fantaseo con utilizar las 10 horas diarias (o más si hay viajes) que consumo en áridas reuniones y vanas planificaciones, en limpiar el baño de mi casa como se debe, cocinar para la flía y despuntar el vicio de pintar (cuadros, paredes o barandas) y tejer sin culpas.
¿Qué hay de digno o motivador en confeccionar informes, manuales y presentaciones que no son leídos por nadie, por la simple razón de que no fueron pedidos para ser leídos, sino para ser presentados ante quien corresponda, para que "estén"? ¿Para qué luchar por imponer esquemas de trabajo internos (en clientes o en la misma consultora) que, más allá de su conveniencia, no interesan a nadie más que a una cúpula alejada de la operatoria y sin el liderazgo necesario para promoverlos?
Hace más de una semana que todo mi poder persuasivo está dedicado a que mi jefe entienda que prefiero irme a casa y reemplazar a la chica que hace las labores domésticas, a aguardar la jubilación dedicando mi esfuerzo, entre otras cosas, a convencer a terceros de algo en lo que no creo.
Lógicamente, me puedo dar el lujo de estos planteos porque no está en juego mi supervivencia ni la de los míos, y porque, por anacrónica, no soy consumista.
Cuando se es más joven está la posibilidad de buscar otra cosa, embarcarse en un nuevo trabajo, a la larga tan frustrante como el actual, pero que en lo inmediato nos mantendrá ocupados, entretenidos, y nos brinda la excusa perfecta para salir "dignamente" y sin tantas explicaciones.
A los 45 eso no existe, por un lado porque nadie te convoca pero por el otro uno ya tiene la certeza de que no encontrará en otro puesto algo muy distinto a lo actual.
Paradójicamnte, la habilidad que traen los años de ver un poquito más de lejos las situaciones, la misma que me hace "buena" para lo que hago, es la que me empuja fuera.
Es muy difícil decir basta a una situación en la que casi el único conflicto es con uno mismo. Al proceso inicial de convencerse de la necesidad de hacerlo, luchando contra los propios paradigmas y preconceptos, sigue la búsqueda del momento justo, que definitivamente no existe. Cuando uno termina por resignar la búsqueda conformándose con el mejor, o cualquiera, en lugar del justo, empieza la tarea de convencer a los otros, a todos lo que de una u otra manera van a ser impactados por la decisión. Es agotador, tanto que a veces es más fácil decir basta a decir basta...
viernes, 4 de junio de 2010
Presentación
La revelación de mi identidad no fue inmediata. Empezó como una sospecha, datos de la realidad que me dejaban en una posición segregada, comentarios sin respuesta, rostros condescendientes, sonrisas encubiertas..
Debo haber sido Ana Crónica desde siempre, pero creo que comencé a salir del closet cuando decidí que mi familia y yo podíamos sobrevivir sin TV por cable ni Actimel, que el alimento balanceado para el perro puede ser cómodo pero no muy natural desde el momento que no se pudre y es ignorado por polillas y cucarachas, que pilates no es gimnasia, y que cambiar el guardarropas y el celular cada temporada es además de un derroche, una complicación. Cada decisión en particular pudo pasar desapercibida, pero el conjunto despertaba fundadas sospechas. Tampoco es muy normal responder mails de dos líneas con otros de dos páginas, y mandar a la papelera sin reenviar chistes y cadenas.
Sin llegar al extremo de las comunidades amish, y sin atisbo de religiosidad, trato de balancear las ventajas de la modernidad con el sabor de lo auténtico, aún cuando eso me mantenga al margen de los comentarios sobre el final de Lost, el último escándalo farandulero y deje mi ringtone en el pasado.
Abrí este blog para desagotar pensamientos sin atosigar a los pocos amigos que me quedan, con los mails kilométricos a que los tengo acostumbrados.
Debo haber sido Ana Crónica desde siempre, pero creo que comencé a salir del closet cuando decidí que mi familia y yo podíamos sobrevivir sin TV por cable ni Actimel, que el alimento balanceado para el perro puede ser cómodo pero no muy natural desde el momento que no se pudre y es ignorado por polillas y cucarachas, que pilates no es gimnasia, y que cambiar el guardarropas y el celular cada temporada es además de un derroche, una complicación. Cada decisión en particular pudo pasar desapercibida, pero el conjunto despertaba fundadas sospechas. Tampoco es muy normal responder mails de dos líneas con otros de dos páginas, y mandar a la papelera sin reenviar chistes y cadenas.
Sin llegar al extremo de las comunidades amish, y sin atisbo de religiosidad, trato de balancear las ventajas de la modernidad con el sabor de lo auténtico, aún cuando eso me mantenga al margen de los comentarios sobre el final de Lost, el último escándalo farandulero y deje mi ringtone en el pasado.
Abrí este blog para desagotar pensamientos sin atosigar a los pocos amigos que me quedan, con los mails kilométricos a que los tengo acostumbrados.
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