viernes, 15 de octubre de 2010

Vidas guionadas

Esta es la historia de Amalia Inés Martínez, antítesis imaginaria de Carlos Alfonso Vidal, un personaje signado por lo inconcluso que me presentó recientemente un amigo.
Amalia fue muy estructurada desde que tenía memoria (afortunadamente nunca tuvo tanta). Con la lectura, por ejemplo, alguien le dijo alguna vez que tenía la "maldición de Gutemberg", porque no podía interrumpir la lectura del más abominable de los tratados, una vez que la iniciara. Sólo los diccionarios y la guía telefónica escapaban a su obsesión, pero por la simple razón de que fueron hechos para no ser leídos secuencialmente. Libros, revistas, folletos, manuales de electrodomésticos, diarios (en este caso la obligación alcanzaba a los titulares y a cada artículo en particular, no a la publicación completa, es decir.. si caía en sus manos, como mínimo debía leer todos los titulares, y si iniciaba la lectura de un artículo, debía completarla incluyendo recuadros y cualquier anexo); todo lo comenzaba por la solapa y la contratapa, el prólogo, el índice (cuando hubiere), y de allí página a página, sin saltear un párrafo ni una publicidad, ni el direccionario o la bibliografía, hasta el final. Cuando a la 2da página advertía que la elección no había sido afortunada, apelaba a su espíritu de sacrificio (uno de sus mayores talentos), y con estoicismo avanzaba línea a línea, con cierta esperanza de que algún cambio sorprendente premiara su esfuerzo, lo que casi nunca pasaba. Una situación similar se repetía para las cremas o los perfumes, que iban acumulándose en sus estanterías al ritmo de los cumpleaños sin posibilidad de apertura hasta que el fin del frasco en uso les pasara la posta. Nunca supo si eran ineficaces o perdían sus propiedades en la espera.
En otro orden de cosas, su vida se iba alineando con lo tácitamente planificado, a fuerza de tezón: Popularidad en la primaria, desempeño ejemplar en la secundaria (obvio, la maldición de Gutemberg era inapreciable a la hora de preparar las trimestrales de historia o literatura), trabajo y universidad sincronizados en lo temporal, aunque algo desfasados en la temática.. noviazgo. Afortunadamente (es una forma de decir, Amalia nunca creyó mucho en eso del destino) supo abortar -y también le abortaron- algunas breves experiencias preliminares y pudo arribar al matrimonio en los plazos prefijados y con el partenaire adecuado. Sin dejar de ser muy burguesa, se permitía algunos guiños de rebeldía rechazando convencionalismos como el cumple de 15, el vestido de novia, la devoción religiosa o el consumismo.
Los hijos llegaron cuando las circunstancias estaban dadas, el departamento propio, el auto, la casa.. Cómo habrá sido su aplicación que hasta consiguió el ideal del varón y la nena con una diferencia de 2 años y medio. Cada proyecto que encaraba (vacaciones, adquisiciones, hobbies, la pintura de las aberturas, una torta elaborada), lo llevaba adelante sin prisa pero sin pausa, consciente que sólo podría encarar el próximo una vez que finalizara el que tenía en curso. Algo había con los trabajos, sin embargo.. y con la sociedad.
Cada tanto se cruzaba con personajes indescifrables, eternamente endeudados, incomprensiblemente inconclusos, como un tal Carlos Alfonso que entró en la consultora en la que trabajaba para un proyecto de relevamiento. El tipo no tenía estudios, pero se había hecho amigo de uno de los dueños en un curso de patrón de yate al que se había inscripto por azar y que abandonó al finalizar el primer mes, cuando los reclamos para el pago de la inscripción se hicieron insostenibles. Carlos hizo un par de entrevistas con empleados de un banco, liderado por Amalia, redactó un par de párrafos, no tan mal en comparación con analistas consumados, y anunció que se iba porque le había salido un viaje a Ushuaia, donde aparentemente tenía un hijo de 15 años al que quería conocer. Malvendió el autito que aún estaba pagando, llenó un bolsito con algunas cosas del placard del dormitorio que aún ocupaba en casa de sus viejos (muy viejitos, por cierto) y se tomó el colectivo para Retiro. A juzgar por su inconstancia, es probable que se haya distraído y en el camino a Aeroparque una brisa lo arrastrase al Obelisco y quien sabe, un día lo viera como panelista de un programa de la tarde.
Promediando su vida, o al menos eso creía ella con su infalible matemática y su horizonte burgués, Amalia comenzó a percibir que las reglas con las que se había manejado, si bien habían demostrado ser eficaces para rodearse de cierta comodidad y beneplácito, no eran las de la mayoría y eso la aislaba un poco. De pronto se dió cuenta que en el camino habían quedado amistades, concretas y potenciales, compañeros de escuela y de trabajo; trabajos más satisfactorios que los que siguieron, y sobre todo: las ganas. Intacto estaba su espíritu de sacrificio, lo que flaqueaban a veces eran las ganas.
Amalia se dió cuenta de que se había quedado sin libreto y, como carecía de imaginación, tampoco se le ocurrían nuevos capítulos para el contexto actual y con el elenco disponible. La alquimia de la vida había trocado su capacidad para comunicarse en esos logros que la enorgullecían. Sin saber muy bien porqué se sentía incapaz de hablar de las cosas que la ocupaban con quienes la rodeaban, asumiendo desinterés, temerosa de aburrir y sin dar la oportunidad de demostrar lo contrario. En eso pensaba cuando se desplomó en la vereda, víctima del recorrido errático de un disparo que no le estaba dirigido y así, sin darse cuenta y sin esfuerzo, finalizó su guión...

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