jueves, 14 de octubre de 2010

Polvo bajo la alfombra

Siempre argumentó a favor de la relatividad de las apariencias, sobre todo en esas odiosas discusiones donde el contendiente usa como argumento su parcial interpretación de vivencias ajenas. Pareciera que algunas personas tienden a tomar de lo que ven solo aquello que se ajusta a sus preconceptos y ni siquiera se preguntan por el resto, no importa cuán pertinente sea. La exasperaba esa búsqueda de ejemplos tan parecida a la envidia y que siempre tenía adosado algún reproche.
Hasta entonces, con pocos desvíos, había logrado que sus actos fueran coherentes con sus principios, asumiendo los costos de erigir la honestidad por sobre convenientes disimulos.
Todos, en mayor o menor medida, esconden pecados que pueden enturbiar esa imagen cuidadosamente construida para el resto. Ella no era la excepción, pero trataba de mantenerlos en un mínimo. Era bastante permeable a las opiniones ajenas, y basada en ellas construyó una imagen de sí que en general le gustaba.
Más allá de sus particulares pareceres sobre ciertos temas, tenía claro cuáles eran las normas en la sociedad que le tocó en suerte, y le resultaba tranquilizante ajustarse a ellas. Por eso la inquietaba esa situación en la que se había metido contra toda lógica y con toda el alma, si se le iba de las manos, todos terminarían asombrados de la cantidad de polvo que puede esconderse bajo la alfombra.
- Mami, yo te quiero mucho ¿sabés?.- musitó su primogénito con su voz mutante de preadolescente desde un rinconcito de la pileta de lona donde trataban ambos de sobrevivir a esas temperaturas horribles de enero mientras su marido terminaba de lavar los platos y la princesita se ocupaba de otros menesteres (seguramente aún no se había percatado de la idílica situación madre-hijo que la excluía) antes de incorporarse a la abulia de ese domingo caluroso en el patio.
Claro que sabía. Como sabía que era glorioso el deseo intacto de su marido 20 años después de haber puesto fin a sus largos 21 de ignorancia sexual.
Suenan largos veintiuno, pero en su descargo hay que aclarar que cumplió 12 en 1976 y su pubertad y adolescencia transcurrieron signadas por la moral pacata del regimen militar que si bien no fue de por sí determinante (si fuera así todas la de su generación ostentarían estadísticas similares) sí contribuyó a reafirmar la asexualidad del entorno en que transcurrieron sus primeros años.
Digamos que a grandes rasgos tuvo una infancia bastante corriente, o al menos así lo recordaba. Por alguna extraña causa genética o ambiental ni ella ni sus hermanos tenían recuerdos nítidos de sus primeros 10 años de vida. La escasez e índole de los testimonios documentales de la época, de filmaciones ni hablar y en cuanto a la fotografía por aquellos tiempos se pusieron de moda las diapositiva,s esos engendros que exigen un despliegue imposible para accederlas y como pudo verificarse luego, sufren un deterioro bastante superior al de sus más convencionales alternativas impresas, sumada a la parquedad parental al respecto, poco colaboraban en la reconstrucción de ese pasado no tan remoto.
Su familia respondía al clásico modelo de clase media para la época.
El padre universitario, había abandonado su San Juan natal para estudiar en Rosario dejando allá padre, madre y un hermano 5 años mayor. Terminó casado, viviendo en la casa de su consorte junto a la hermana 5 años menor de ésta y la nona, único nombre conocido para esa abuela heredada instalada en el cuarto de arriba, y con los títulos de Licenciado en ciencias políticas y diplomacia, demasiado pomposos y de escasa aplicabilidad en el cargo de empleado público en Aguas Sanitarias que le permitió sin grandes lujos gestar una familia numerosa (así la consideraba el estado a partir del tercer hijo) y asegurarse un retiro digno en un país donde la palabra jubilado tiene inevitables connotaciones de pobreza.
Su madre era maestra pero dejó de ejercer tras el nacimiento de su segundo hijo para abocarse de pleno a la crianza y al mantenimiento de la casa, que era precisamente lo que se esperaba de una madre de clase media en los 70’s.
El cuadro se completaba con tres hijos que lejos de los predicados de la planificación familiar, eran claros indicadores de una indudable fertilidad y el desconocimiento práctico de cualquier tipo de método anticonceptivo de mediana efectividad. Año y medio separaba cada nacimiento y una última ligadura de trompas, previendo la imposibilidad de seguir ejecutando cortes en el vapuleado vientre, puso fin a la carrera de regularidad que los tenía tan bien posicionados.
Ella era la mayor y tenía la teoría de que más que el signo zodiacal era el orden de parición el que imprimía una impronta significativa al temperamento. Era ordenada, recta, estudiosa, temerosa de las formas, defensora a ultranza de la ética en todos los ámbitos, fiel reflejo de las expectativas puestas en su concepción y las tensiones transmitidas por padres primerizos, algo mayores para los cánones de entonces (su madre estaba al borde de la treintena cuando nació su promogénita) y sin el apoyo, o el estorbo, de abuelas que aportaran un marco referencial a las incertidumbres puerperales. Una había muerto y la otra seguía en San Juan. Disponiendo ya de otras dos nietas de su hijo mayor, una nueva mujer que solo prolongaría la estirpe el tiempo necesario para adosar al propio un apellido extraño no ameritaba para Doña Justina un recorrido de 1000km.
Seguía Ariel, primer varón de la generación y lógicamente el preferido de Doña Justina, con esa forma de ser retraída y algo atormentada de los hermanos del medio y por último Fernando, ejemplo de hijo menor, divertido e irresponsable, tan extrovertido como introvertido era Ariel.
¡Qué distinta era la ciudad por entonces! ¡qué distinta la cuadra! ¡qué diferente la forma de transitarla!. La casa familiar estaba ubicada en el que dió en llamarse el macrocentro de la ciudad, entre la Av. Pellegrini y el Bv. 27 de febrero, mucho después el sector de esa franja en el que se desarrolló su infancia recibiría el nombre de barrio del Abasto, en recuerdo del mercado que se emplazaba donde luego hubo por muchos años un baldío de una manzana completa, devenido incluso durante un tiempo en pista de motrocross y finalmente la plaza de la Libertad, con bastante cemento para el gusto de entonces y un enorme arenero. Páramo en verano pero romería multicolor en las tardes de invierno.
La cuadra ostentaba muchos menos árboles, aunque más imponentes. Una posterior campaña de desprestigio contra los inmensos plátanos puso fin a esas frondas copiosas que equilibraban la arquitectura achaparrada de entonces. Ciertamente sus raíces destrozaban las veredas no importaba cuán fuertes fueran los canteros que pretendían contenerlas y el polvillo que despedían sus frutos en primavera afectaba la mucosa nasal de gran parte de la población. Aún quedan algunos, pero poco a poco fueran reemplazados por especies más amigables y su sombra sustituída por la que dispensan los edificios de tres o cuatro plantas que ocuparon el lugar de las casas bajas que por estructura o desidia de sus habitantes no supieron resistir el paso del tiempo.
Al casarse buscó permanecer en ese entorno conocido, y sus sucesivas viviendas no se alejaron más de 10 cuadras de la casa de calle Riobamba. La última, y definitiva hasta donde ella podía imaginar, era una casa interna, en dos plantas, sobre el boulevard 27 de febrero, cerca del parque Independencia. Amplia, con dos patios y dos terrazas, una distribución impecable, y silenciosa (salvo los cada vez más espaciados arranques musicales del vecino), resultaba sorprendente para todo el que se adentraba por primera vez en ese pasillo de 20 metros de largo que separaba el frondoso patio de ingreso de la puerta de calle.
En ese patio, cada verano, se armaba la Pelopincho, que al fin de la temporada terminaba teniendo más limpiezas que zambullidas.
Y allí estaba, con su hijo púber, mirando con los ojos entrecerrados los reflejos de sol que se colaban por la copa del ciruelo del vecino, navegando con la mente en la penumbra del departamento que albergaba sus traiciones.

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