jueves, 30 de septiembre de 2010

Claroscuros laborales, o la imposibilidad de luchar contra Fermín

Es envidiable la seguridad de algunos personajes para insistir en aseveraciones no importa el argumento con que se intente combartirlo.
No sé si se trata de convencimiento, perseverancia o simple estupidez, pero tiene una efectividad superlativa.
Hace un tiempo, en una reunión de trabajo en la empresa, y en ausencia de mi jefe, alguien se refirió a él como Fermín, y ante mi extrañeza, me contó ante todos el chiste que diera origen al apodo. Érase una vez un monaguillo llamado Fermín, que habiendo quedado prendado del reloj del cura, insistía en cuanta ocasión podía para que éste se lo regalara. Sin importar los argumentos, la historia del reloj, su valor, ni lo que este representara para el sacerdote, cada día volvía Fermín a preguntar si no era posible que se lo diera. Como era de esperar, la humanidad del cura pudo con la paciencia que cultivara en el ejercicio de su oficio, y al cabo de una miríada de reclamos, claudicó en la defensa y amparado en la terrenalidad del bien, cedió su propiedad. Mientras todo esto pasaba, durante las confesiones, una muchacha comenzó a relatar los pequeños pecados en los que estaba cayendo para complacer a su novio. El sacerdote, previendo el desenlace, aconsejaba a la niña sobre la importancia de mantenerse virgen y no sucumbir a las exigencias sexuales del novio, y le proveía de los argumentos para resistirlas, hasta que en cierta ocasión, en medio del relato de algún encuentro, la chica soltó el nombre del pretendiente:.. "Ah, no, querida, siendo Fermín, date por cogida".
Efectivamente, más allá de lo difícil que es compartir la risa cuando quienes la promueven son los dueños de la empresa y Fermín uno de sus gerentes, además de mi jefe, la analogía es perfecta.
Fermín funda su elocuencia en la repetición hasta el cansancio (de la audiencia) del argumento que pergreñó. Si en el transcurso de la elocución alguien rebate algún punto con algo de fundamento, sólo una pequeña pausa permite inferir la duda, y acto seguido, Fermín arremete de nuevo desde el principio, sin cambiar una coma al discurso, y repite el ciclo tantas veces como sea necesario para aplacar el disenso.
Las ideas más férreas se rinden invariablemente ante la perseverancia inclaudicable, no importa cuan necias o brillantes sean y la impotencia más abominable se adueña de uno, aún cuando sepa que a lo mejor mañana, o dentro de seis meses, la duda sembrada florecerá en algún ajuste al discurso original, con más o menos respeto por el espíritu que lo alumbrara.

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