martes, 18 de junio de 2013

Vacaciones

La ventana de la recepción del edificio que alberga el departamento de "dormitorio y medio" que alquilaron en Punta del Este le devuelve la misma postal brumosa de los últimos 3 días. Hoy al menos el viento no es tan arrasador y las gotas de llovizna caen levemente sesgadas, lejos de la horizontal de ayer.
"El ocio no me descansa, más bien me agobia", piensa.
Arriba, en el primer piso, su marido, su hija adolescente y la amiga de ésta que trajeron, llenan con tv, lectura y algún juego de mesa, ese mismo espacio de pocos metros cuadrados, vacío de playa y obligaciones, que ella no sabe bien cómo manejar. Casi envidia a las dos mucamas que mientras conversan pasan el trapo en lucha desigual contra la humedad y esa enorne extensión de mosaicos.
Hoy su padre cumple 80 años. La llamada que hizo esta mañana la enfrentó a su voz grabada en el contestador. Dejó el saludo dudando de que fuera a ser oído, probablemente lo escuche a nuestro regreso, o más tarde, si logro encontrarlo y decirle que llamé antes.
No logra imaginarse a si mísma con 80 años. A sus 46 se siente tan vacía como ese tiempo sin playa. Logró criar a dos hijos lo suficientemente independientes para hacerla prescindible, y ningún logro en lo profesional alcanza para motivarla, ni por alcanzado ni por pendiente. Como un escalador de poca monta, a quien el esfuerzo de escalar una colina le valió la vista chata del valle al otro lado... No había llegado a ser una alpinista exitosa y lo que quedaba, no podía engañarse, era cuesta abajo. Es triste esa certeza de saber que no hay mucho más que esperar, y eran admirables sus viejos por la simple razón de afrontarla desde hacía tanto tiempo.

viernes, 15 de octubre de 2010

Vidas guionadas

Esta es la historia de Amalia Inés Martínez, antítesis imaginaria de Carlos Alfonso Vidal, un personaje signado por lo inconcluso que me presentó recientemente un amigo.
Amalia fue muy estructurada desde que tenía memoria (afortunadamente nunca tuvo tanta). Con la lectura, por ejemplo, alguien le dijo alguna vez que tenía la "maldición de Gutemberg", porque no podía interrumpir la lectura del más abominable de los tratados, una vez que la iniciara. Sólo los diccionarios y la guía telefónica escapaban a su obsesión, pero por la simple razón de que fueron hechos para no ser leídos secuencialmente. Libros, revistas, folletos, manuales de electrodomésticos, diarios (en este caso la obligación alcanzaba a los titulares y a cada artículo en particular, no a la publicación completa, es decir.. si caía en sus manos, como mínimo debía leer todos los titulares, y si iniciaba la lectura de un artículo, debía completarla incluyendo recuadros y cualquier anexo); todo lo comenzaba por la solapa y la contratapa, el prólogo, el índice (cuando hubiere), y de allí página a página, sin saltear un párrafo ni una publicidad, ni el direccionario o la bibliografía, hasta el final. Cuando a la 2da página advertía que la elección no había sido afortunada, apelaba a su espíritu de sacrificio (uno de sus mayores talentos), y con estoicismo avanzaba línea a línea, con cierta esperanza de que algún cambio sorprendente premiara su esfuerzo, lo que casi nunca pasaba. Una situación similar se repetía para las cremas o los perfumes, que iban acumulándose en sus estanterías al ritmo de los cumpleaños sin posibilidad de apertura hasta que el fin del frasco en uso les pasara la posta. Nunca supo si eran ineficaces o perdían sus propiedades en la espera.
En otro orden de cosas, su vida se iba alineando con lo tácitamente planificado, a fuerza de tezón: Popularidad en la primaria, desempeño ejemplar en la secundaria (obvio, la maldición de Gutemberg era inapreciable a la hora de preparar las trimestrales de historia o literatura), trabajo y universidad sincronizados en lo temporal, aunque algo desfasados en la temática.. noviazgo. Afortunadamente (es una forma de decir, Amalia nunca creyó mucho en eso del destino) supo abortar -y también le abortaron- algunas breves experiencias preliminares y pudo arribar al matrimonio en los plazos prefijados y con el partenaire adecuado. Sin dejar de ser muy burguesa, se permitía algunos guiños de rebeldía rechazando convencionalismos como el cumple de 15, el vestido de novia, la devoción religiosa o el consumismo.
Los hijos llegaron cuando las circunstancias estaban dadas, el departamento propio, el auto, la casa.. Cómo habrá sido su aplicación que hasta consiguió el ideal del varón y la nena con una diferencia de 2 años y medio. Cada proyecto que encaraba (vacaciones, adquisiciones, hobbies, la pintura de las aberturas, una torta elaborada), lo llevaba adelante sin prisa pero sin pausa, consciente que sólo podría encarar el próximo una vez que finalizara el que tenía en curso. Algo había con los trabajos, sin embargo.. y con la sociedad.
Cada tanto se cruzaba con personajes indescifrables, eternamente endeudados, incomprensiblemente inconclusos, como un tal Carlos Alfonso que entró en la consultora en la que trabajaba para un proyecto de relevamiento. El tipo no tenía estudios, pero se había hecho amigo de uno de los dueños en un curso de patrón de yate al que se había inscripto por azar y que abandonó al finalizar el primer mes, cuando los reclamos para el pago de la inscripción se hicieron insostenibles. Carlos hizo un par de entrevistas con empleados de un banco, liderado por Amalia, redactó un par de párrafos, no tan mal en comparación con analistas consumados, y anunció que se iba porque le había salido un viaje a Ushuaia, donde aparentemente tenía un hijo de 15 años al que quería conocer. Malvendió el autito que aún estaba pagando, llenó un bolsito con algunas cosas del placard del dormitorio que aún ocupaba en casa de sus viejos (muy viejitos, por cierto) y se tomó el colectivo para Retiro. A juzgar por su inconstancia, es probable que se haya distraído y en el camino a Aeroparque una brisa lo arrastrase al Obelisco y quien sabe, un día lo viera como panelista de un programa de la tarde.
Promediando su vida, o al menos eso creía ella con su infalible matemática y su horizonte burgués, Amalia comenzó a percibir que las reglas con las que se había manejado, si bien habían demostrado ser eficaces para rodearse de cierta comodidad y beneplácito, no eran las de la mayoría y eso la aislaba un poco. De pronto se dió cuenta que en el camino habían quedado amistades, concretas y potenciales, compañeros de escuela y de trabajo; trabajos más satisfactorios que los que siguieron, y sobre todo: las ganas. Intacto estaba su espíritu de sacrificio, lo que flaqueaban a veces eran las ganas.
Amalia se dió cuenta de que se había quedado sin libreto y, como carecía de imaginación, tampoco se le ocurrían nuevos capítulos para el contexto actual y con el elenco disponible. La alquimia de la vida había trocado su capacidad para comunicarse en esos logros que la enorgullecían. Sin saber muy bien porqué se sentía incapaz de hablar de las cosas que la ocupaban con quienes la rodeaban, asumiendo desinterés, temerosa de aburrir y sin dar la oportunidad de demostrar lo contrario. En eso pensaba cuando se desplomó en la vereda, víctima del recorrido errático de un disparo que no le estaba dirigido y así, sin darse cuenta y sin esfuerzo, finalizó su guión...

jueves, 14 de octubre de 2010

Polvo bajo la alfombra

Siempre argumentó a favor de la relatividad de las apariencias, sobre todo en esas odiosas discusiones donde el contendiente usa como argumento su parcial interpretación de vivencias ajenas. Pareciera que algunas personas tienden a tomar de lo que ven solo aquello que se ajusta a sus preconceptos y ni siquiera se preguntan por el resto, no importa cuán pertinente sea. La exasperaba esa búsqueda de ejemplos tan parecida a la envidia y que siempre tenía adosado algún reproche.
Hasta entonces, con pocos desvíos, había logrado que sus actos fueran coherentes con sus principios, asumiendo los costos de erigir la honestidad por sobre convenientes disimulos.
Todos, en mayor o menor medida, esconden pecados que pueden enturbiar esa imagen cuidadosamente construida para el resto. Ella no era la excepción, pero trataba de mantenerlos en un mínimo. Era bastante permeable a las opiniones ajenas, y basada en ellas construyó una imagen de sí que en general le gustaba.
Más allá de sus particulares pareceres sobre ciertos temas, tenía claro cuáles eran las normas en la sociedad que le tocó en suerte, y le resultaba tranquilizante ajustarse a ellas. Por eso la inquietaba esa situación en la que se había metido contra toda lógica y con toda el alma, si se le iba de las manos, todos terminarían asombrados de la cantidad de polvo que puede esconderse bajo la alfombra.
- Mami, yo te quiero mucho ¿sabés?.- musitó su primogénito con su voz mutante de preadolescente desde un rinconcito de la pileta de lona donde trataban ambos de sobrevivir a esas temperaturas horribles de enero mientras su marido terminaba de lavar los platos y la princesita se ocupaba de otros menesteres (seguramente aún no se había percatado de la idílica situación madre-hijo que la excluía) antes de incorporarse a la abulia de ese domingo caluroso en el patio.
Claro que sabía. Como sabía que era glorioso el deseo intacto de su marido 20 años después de haber puesto fin a sus largos 21 de ignorancia sexual.
Suenan largos veintiuno, pero en su descargo hay que aclarar que cumplió 12 en 1976 y su pubertad y adolescencia transcurrieron signadas por la moral pacata del regimen militar que si bien no fue de por sí determinante (si fuera así todas la de su generación ostentarían estadísticas similares) sí contribuyó a reafirmar la asexualidad del entorno en que transcurrieron sus primeros años.
Digamos que a grandes rasgos tuvo una infancia bastante corriente, o al menos así lo recordaba. Por alguna extraña causa genética o ambiental ni ella ni sus hermanos tenían recuerdos nítidos de sus primeros 10 años de vida. La escasez e índole de los testimonios documentales de la época, de filmaciones ni hablar y en cuanto a la fotografía por aquellos tiempos se pusieron de moda las diapositiva,s esos engendros que exigen un despliegue imposible para accederlas y como pudo verificarse luego, sufren un deterioro bastante superior al de sus más convencionales alternativas impresas, sumada a la parquedad parental al respecto, poco colaboraban en la reconstrucción de ese pasado no tan remoto.
Su familia respondía al clásico modelo de clase media para la época.
El padre universitario, había abandonado su San Juan natal para estudiar en Rosario dejando allá padre, madre y un hermano 5 años mayor. Terminó casado, viviendo en la casa de su consorte junto a la hermana 5 años menor de ésta y la nona, único nombre conocido para esa abuela heredada instalada en el cuarto de arriba, y con los títulos de Licenciado en ciencias políticas y diplomacia, demasiado pomposos y de escasa aplicabilidad en el cargo de empleado público en Aguas Sanitarias que le permitió sin grandes lujos gestar una familia numerosa (así la consideraba el estado a partir del tercer hijo) y asegurarse un retiro digno en un país donde la palabra jubilado tiene inevitables connotaciones de pobreza.
Su madre era maestra pero dejó de ejercer tras el nacimiento de su segundo hijo para abocarse de pleno a la crianza y al mantenimiento de la casa, que era precisamente lo que se esperaba de una madre de clase media en los 70’s.
El cuadro se completaba con tres hijos que lejos de los predicados de la planificación familiar, eran claros indicadores de una indudable fertilidad y el desconocimiento práctico de cualquier tipo de método anticonceptivo de mediana efectividad. Año y medio separaba cada nacimiento y una última ligadura de trompas, previendo la imposibilidad de seguir ejecutando cortes en el vapuleado vientre, puso fin a la carrera de regularidad que los tenía tan bien posicionados.
Ella era la mayor y tenía la teoría de que más que el signo zodiacal era el orden de parición el que imprimía una impronta significativa al temperamento. Era ordenada, recta, estudiosa, temerosa de las formas, defensora a ultranza de la ética en todos los ámbitos, fiel reflejo de las expectativas puestas en su concepción y las tensiones transmitidas por padres primerizos, algo mayores para los cánones de entonces (su madre estaba al borde de la treintena cuando nació su promogénita) y sin el apoyo, o el estorbo, de abuelas que aportaran un marco referencial a las incertidumbres puerperales. Una había muerto y la otra seguía en San Juan. Disponiendo ya de otras dos nietas de su hijo mayor, una nueva mujer que solo prolongaría la estirpe el tiempo necesario para adosar al propio un apellido extraño no ameritaba para Doña Justina un recorrido de 1000km.
Seguía Ariel, primer varón de la generación y lógicamente el preferido de Doña Justina, con esa forma de ser retraída y algo atormentada de los hermanos del medio y por último Fernando, ejemplo de hijo menor, divertido e irresponsable, tan extrovertido como introvertido era Ariel.
¡Qué distinta era la ciudad por entonces! ¡qué distinta la cuadra! ¡qué diferente la forma de transitarla!. La casa familiar estaba ubicada en el que dió en llamarse el macrocentro de la ciudad, entre la Av. Pellegrini y el Bv. 27 de febrero, mucho después el sector de esa franja en el que se desarrolló su infancia recibiría el nombre de barrio del Abasto, en recuerdo del mercado que se emplazaba donde luego hubo por muchos años un baldío de una manzana completa, devenido incluso durante un tiempo en pista de motrocross y finalmente la plaza de la Libertad, con bastante cemento para el gusto de entonces y un enorme arenero. Páramo en verano pero romería multicolor en las tardes de invierno.
La cuadra ostentaba muchos menos árboles, aunque más imponentes. Una posterior campaña de desprestigio contra los inmensos plátanos puso fin a esas frondas copiosas que equilibraban la arquitectura achaparrada de entonces. Ciertamente sus raíces destrozaban las veredas no importaba cuán fuertes fueran los canteros que pretendían contenerlas y el polvillo que despedían sus frutos en primavera afectaba la mucosa nasal de gran parte de la población. Aún quedan algunos, pero poco a poco fueran reemplazados por especies más amigables y su sombra sustituída por la que dispensan los edificios de tres o cuatro plantas que ocuparon el lugar de las casas bajas que por estructura o desidia de sus habitantes no supieron resistir el paso del tiempo.
Al casarse buscó permanecer en ese entorno conocido, y sus sucesivas viviendas no se alejaron más de 10 cuadras de la casa de calle Riobamba. La última, y definitiva hasta donde ella podía imaginar, era una casa interna, en dos plantas, sobre el boulevard 27 de febrero, cerca del parque Independencia. Amplia, con dos patios y dos terrazas, una distribución impecable, y silenciosa (salvo los cada vez más espaciados arranques musicales del vecino), resultaba sorprendente para todo el que se adentraba por primera vez en ese pasillo de 20 metros de largo que separaba el frondoso patio de ingreso de la puerta de calle.
En ese patio, cada verano, se armaba la Pelopincho, que al fin de la temporada terminaba teniendo más limpiezas que zambullidas.
Y allí estaba, con su hijo púber, mirando con los ojos entrecerrados los reflejos de sol que se colaban por la copa del ciruelo del vecino, navegando con la mente en la penumbra del departamento que albergaba sus traiciones.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Claroscuros laborales, o la imposibilidad de luchar contra Fermín

Es envidiable la seguridad de algunos personajes para insistir en aseveraciones no importa el argumento con que se intente combartirlo.
No sé si se trata de convencimiento, perseverancia o simple estupidez, pero tiene una efectividad superlativa.
Hace un tiempo, en una reunión de trabajo en la empresa, y en ausencia de mi jefe, alguien se refirió a él como Fermín, y ante mi extrañeza, me contó ante todos el chiste que diera origen al apodo. Érase una vez un monaguillo llamado Fermín, que habiendo quedado prendado del reloj del cura, insistía en cuanta ocasión podía para que éste se lo regalara. Sin importar los argumentos, la historia del reloj, su valor, ni lo que este representara para el sacerdote, cada día volvía Fermín a preguntar si no era posible que se lo diera. Como era de esperar, la humanidad del cura pudo con la paciencia que cultivara en el ejercicio de su oficio, y al cabo de una miríada de reclamos, claudicó en la defensa y amparado en la terrenalidad del bien, cedió su propiedad. Mientras todo esto pasaba, durante las confesiones, una muchacha comenzó a relatar los pequeños pecados en los que estaba cayendo para complacer a su novio. El sacerdote, previendo el desenlace, aconsejaba a la niña sobre la importancia de mantenerse virgen y no sucumbir a las exigencias sexuales del novio, y le proveía de los argumentos para resistirlas, hasta que en cierta ocasión, en medio del relato de algún encuentro, la chica soltó el nombre del pretendiente:.. "Ah, no, querida, siendo Fermín, date por cogida".
Efectivamente, más allá de lo difícil que es compartir la risa cuando quienes la promueven son los dueños de la empresa y Fermín uno de sus gerentes, además de mi jefe, la analogía es perfecta.
Fermín funda su elocuencia en la repetición hasta el cansancio (de la audiencia) del argumento que pergreñó. Si en el transcurso de la elocución alguien rebate algún punto con algo de fundamento, sólo una pequeña pausa permite inferir la duda, y acto seguido, Fermín arremete de nuevo desde el principio, sin cambiar una coma al discurso, y repite el ciclo tantas veces como sea necesario para aplacar el disenso.
Las ideas más férreas se rinden invariablemente ante la perseverancia inclaudicable, no importa cuan necias o brillantes sean y la impotencia más abominable se adueña de uno, aún cuando sepa que a lo mejor mañana, o dentro de seis meses, la duda sembrada florecerá en algún ajuste al discurso original, con más o menos respeto por el espíritu que lo alumbrara.

jueves, 12 de agosto de 2010

Sobre la inmortalidad virtual..., o el anacronismo de los Puentes de Madison

¿Cuánto de todo lo que puebla el ciberespacio pertenece a gente muerta? No me refiero a citas de autores fallecidos sino a miles de ignotos contenidos que sobreviven a sus autores reales, inconscientes de su orfandad.
Sin ley sucesoria ni mecanismos para legar nuestras personalidades virtuales, ¿cómo hubiera trascendido el apasionado romance de los Puentes de Madison unas décadas más tarde? No hubiera sido la hija de la protagonista quien hallara en un arcón, primorosamente atadas con cinta, las cartas y confesiones que permitieron reconstruir la historia reveladora de esos pocos días y descubrir en su madre a la mujer que en verdad era. Quizás un hacker aburrido fuera hoy quien por azar rescatara fugazmente los mails que encendieron un amor furtivo, o el blog en que ella intentaba vanamente rescatar del olvido los retazos de memoria, para eliminarlos después.
Sin recurrir a ejemplos cinematográficos, viene a mi mente el recuerdo de Herminia, hermana soltera de mi abuelo, que falleció como vivió: sola, y legó sin saberlo a mi madre sus últimas y escuetas pertenencias. Además de un ventilador, una repisita, algún cobertor y ropa antigua, encontramos unas reveladoras postales sepias, testigos de un amor apasionado que la vinculó a un artista porteño en épocas de tangueros. Ese sólo descubrimiento le dió una luz distinta al recuerdo de la eterna directora de escuela que vivió siempre en pensiones, que a cambio de un paquete de boca de damas, tomaba prestados nietos ajenos para jugar a la familia en la plaza..
Cuando yo muera, a menos que tenga la precaución de dejar un testamento virtual lo suficientemente actualizado y abarcativo para sortear caducidades, no habrá sorpresas. Seguiré siendo la madre, la esposa, la hija, la profesional que siempre hizo lo debido, que hasta "pensaba" lo que de ella se esperaba, sin permisos para sentimientos no convenientes ni rebeldías. De un tiempo a esta parte las únicas amistades sinceras que conservo son las que se sostienen en mails largos escritos desde el alma o el raciocinio, pero auténticos. Los destinatarios tardarán bastante en percatarse del evento, ¿quién les avisaría?; quizás para ellos no muera nunca, solo demore mis respuestas un poco más de lo acostumbrado..

jueves, 29 de julio de 2010

Un problemita con el agua caliente

Desayuno de hotel, cuasi buffet. En algún momento me generaban cierta expectativa. Aunque este no es el caso, en otros lugares anticipar la fiesta de la opípara mixtura de panes, fiambre, facturas, tortas, dulces y frutas, me daba alguna satisfacción, siempre más grande que la de engullirlos.
Como pasa con todo lo que se transforma en costumbre, fue poco a poco perdiendo su encanto, lo que sumado a la necesidad de optmizar la ingesta en prevención de un aumento de peso, termina poniendo sobre mi mesa un café espeso y quemado, un vasito de jugo y dos flacas medialunas. Al frente un televisor con TN, para ir leyendo los títulos e infiriendo la noticia de las imágenes que los acompañan, ya que el sonido proviene de la segunda pantalla a mi derecha, sintonizada en algún canal de música.
Un ajuste presupuestario de la empresa me arrojó de un tiempo a esta parte del coqueto appart al que siguen concurriendo mis compañeros varones (porque siendo más tienen la posibilidad de compartir habitación), a este "palace hotel" nominal. De poder disfrutar de media hora de sauna por las tardes en el appart a dos cuadras de la oficina, a la actual falta de agua caliente que me regaló la experiencia de una ducha helada y una caminata diaria de 8 o 9 cuadras con veredas rotas y superpobladas, arrastrando la valijita medio vacía que me acompaña en estas excursiones.
Si no fuera por el wi fi que me permite hacer catarsis en estas líneas, y las dos pantallas que quedaron como recuerdo del mundial, la decoración de habitaciones y lugares comunes remiten a varias décadas atrás.
El desayunador se está poblando y supongo que debo ir acomodando las cosas para partir rumbo a la jornada de trabajo que espero sea lo suficientemente breve para evitarle a los míos la larga espera para cenar y acercarme el lujo de una ducha caliente.

martes, 20 de julio de 2010

Amigos son los amigos

Días como hoy me generan una mezcla de tristeza, angustia y desesperanza.
Tristeza, porque de alguna manera los pocos destinatarios de un saludo que tengo ponen en evidencia mi incapacidad para generar el tipo de relaciones que están en boga, excluyéndome del clima festivo. Angustia porque no me puedo convencer de la ventaja asociada a hacer el esfuerzo por superar tal defecto, toda vez que no termino de pasarla bien en esas reuniones multitudinarias en que se hacen los mismos chistes de siempre, compartiendo comida y bebida a falta de cosas más profundas. Y desesperanza, porque tengo miedo de que de tanto usar la palabra para designar otra cosa, esa otra cosa, que no es más que compañerismo, termine por apropiarse del término dejando huérfano de nombre al sentimiento que une a dos personas por sobre las circunstancias de su encuentro.
¿Qué lleva a alguien a enviar un mensaje de texto por el Día del Amigo a todos sus contactos, donde imagino que aparte de yo (que no me considero en lo absoluto amiga de mi prima a la que veo cada un promedio de 5 años), debe haber agendados familiares, eventuales contactos de negocios, y compañeros de trabajo?
¿Por qué la responsable de RRHH de la empresa se toma la atribución de considerarme su amiga, junto al resto de la planta, si como mucho podemos llegar a compartir alguna charla para llenar el tiempo de un viaje en colectivo (de los que no tengo la fortuna de hacer en soledad), alguna fiesta corporativa y la anhelada entrevista de desvinculación?
¿Quién está más carente de amigos, yo que acuso con reservas 2 o 3, o quienes cubren el bache con la gente que les hizo o aceptó una invitación en facebook, o que el destino o el CV puso en el box de al lado?
Quizás sea sólo otro síntoma de anacronismo, ya que hace unos años los amigos se saludaban en los encuentros que devenían de esa condición, que podían ser diarios o quinquenales, y no existía esa necesidad de inventariar cada 20 de julio a beneficio de telefónicas, bares y tiendas de regalos.
Salgo un rato, aquí en la oficina van a compartir unas empanadas y algún sandwichito y yo prefiero brindar con mi copa llena de pasado, en un banco de plaza, con el recuerdo de los que estuvieron y/o están cerca de mi corazón, aunque alguno no lo sepa o algún otro ya lo haya olvidado.