Días como hoy me generan una mezcla de tristeza, angustia y desesperanza.
Tristeza, porque de alguna manera los pocos destinatarios de un saludo que tengo ponen en evidencia mi incapacidad para generar el tipo de relaciones que están en boga, excluyéndome del clima festivo. Angustia porque no me puedo convencer de la ventaja asociada a hacer el esfuerzo por superar tal defecto, toda vez que no termino de pasarla bien en esas reuniones multitudinarias en que se hacen los mismos chistes de siempre, compartiendo comida y bebida a falta de cosas más profundas. Y desesperanza, porque tengo miedo de que de tanto usar la palabra para designar otra cosa, esa otra cosa, que no es más que compañerismo, termine por apropiarse del término dejando huérfano de nombre al sentimiento que une a dos personas por sobre las circunstancias de su encuentro.
¿Qué lleva a alguien a enviar un mensaje de texto por el Día del Amigo a todos sus contactos, donde imagino que aparte de yo (que no me considero en lo absoluto amiga de mi prima a la que veo cada un promedio de 5 años), debe haber agendados familiares, eventuales contactos de negocios, y compañeros de trabajo?
¿Por qué la responsable de RRHH de la empresa se toma la atribución de considerarme su amiga, junto al resto de la planta, si como mucho podemos llegar a compartir alguna charla para llenar el tiempo de un viaje en colectivo (de los que no tengo la fortuna de hacer en soledad), alguna fiesta corporativa y la anhelada entrevista de desvinculación?
¿Quién está más carente de amigos, yo que acuso con reservas 2 o 3, o quienes cubren el bache con la gente que les hizo o aceptó una invitación en facebook, o que el destino o el CV puso en el box de al lado?
Quizás sea sólo otro síntoma de anacronismo, ya que hace unos años los amigos se saludaban en los encuentros que devenían de esa condición, que podían ser diarios o quinquenales, y no existía esa necesidad de inventariar cada 20 de julio a beneficio de telefónicas, bares y tiendas de regalos.
Salgo un rato, aquí en la oficina van a compartir unas empanadas y algún sandwichito y yo prefiero brindar con mi copa llena de pasado, en un banco de plaza, con el recuerdo de los que estuvieron y/o están cerca de mi corazón, aunque alguno no lo sepa o algún otro ya lo haya olvidado.
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