miércoles, 14 de julio de 2010

Volviendo

Los viajes de regreso en colectivo desde capital tiene la extraña propiedad de sensibilizarme. En más de una ocasión, cuando la fortuna me regala la posibilidad de viajar sola, en la intimidad de ese interior oscuro compartido con desconocidos, lentas lágrimas arrastran el poco maquillaje que queda en mis pestañas por los laterales del rostro, y una angustia triste me comprime el pecho. El contexto es propicio. La oscuridad matizada por las luces azules que marcan el pasillo, el cielo exageradamente estrellado afuera, el rumor del motor, el balanceo, el agotamiento tras una jornada lejos de casa entre gente con la que no logro congeniar sin que medie conflicto alguno, para cumplir con objetivos difusos o directamente poco atractivos, y los leds rojos de un reloj digital recordándome la perspectiva de más de 4 horas sin otra cosa en que distraer el pensamiento que alguna película sin sonido y mal doblada, o las canciones de siempre en el viejo mp3 de 512Mb.
Metafísicos pensamientos sobre la inmensidad del universo, entrañables recuerdos del permiso de amor que en la mitad de mi vida me acercó por un rato a Sebastián, polifacéticas premoniciones de muerte, los rostros de mis hijos y mis padres, el amor llano de Omar, las pocas muy buenas personas que este trabajo me permitió conocer; imágenes intermitentes que se cuelan en la irracionalidad de esas horas suspendidas entre las dos ciudades. Una mezcla lacrimógena de dicha y tristeza, un paréntesis para los sentimientos..

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