La elección del itinerario para mi primer viaje a Europa, sin ninguna premeditación, terminó enrutando 4 ciudades aunadas por el protagonismo de sus puentes, las vainillas del título, en una imagen reservada a los iniciados en el bordado. Londres, Brujas, París y Praga; el Thámesis, el anominato de los canales, el Sena y el Vtlava, configuran pares indivisibles que animan a caminatas interminables, mágicas, románticas o curiosas, según el contexto.
En Londres, la ribera opuesta al Victoria Enbarkment, desde el puente de Westminster hasta el de Londres, se presenta jalonada de hitos…y elefantes. Una muestra similar a la de las vacas en Buenos Aires, invadió Londres por la época de mi viaje de estos paquidermos decorados, para embellecer y concientizar sobre el estado de la especie.
Sin que el orden de la numeración tenga rigor geográfico, ya que cuando mi memoria se satura de diversidad descarta datos y focaliza sensaciones, se suceden los descubrimientos, algunos buscados, otros sorpresivos. Una vuelta en el London Eye, donde lo fascinante, más que la panorámica ya repetida en miles de fotografías, es el paisaje humano de la cabina. ¿Cómo no distraer la mirada para apreciar el colorido de un turbante carioca o un sari indú llevado con la naturalidad de la pertenencia? El crisol de etnias que puebla esta metrópolis temporal o permanentemente, está representado en esta burbuja acristalada y justifica los 20 minutos y bastantes libras invertidas. De nuevo en tierra, mientras caminamos siguiendo la vera del río, apreciamos unas explanadas, de no recuerdo qué edificio, apropiadas por graffitis, bikers y skaters. Creo que es lo más transgresor que vimos en nuestra breve estadía en la ciudad, sin llegar a serlo en lo más mínimo. Al llegar al puente del Milenio, con esfuerzo resistimos el llamado desde la ribera opuesta de la cúpula de Saint Paul’s, y mantuvimos el rumbo planeado. Pasamos por the Globe, nos regalamos un recorrido rápido por el Tate Modern, donde la generosidad característica de los museos británicos nos nutrió el intelecto y los sentidos sin pedir una libra a cambio. Vimos los restos de la muralla primigenia, la réplica del galeón de Francis Drake, nos adentramos bajo puentes y pasajes ambientados en el Londres de Jack the Ripper con sus museos del horror, y quedamos apabullados por la exultante modernidad del City Hall, antes de cruzar finalmente por el más emblemático de los puentes sobre el Thámesis y sumergirnos en la City. El elogio de los pequeños jardines y patios públicos que se esconden detrás de las iglesias y en los rincones más imprevistos, por no estar relacionado al río, excede este relato.
En Brujas, la experiencia es completamente distinta. El asombro de la recorrida londinense deja paso al ensueño de una filigrana de canales y arroyos, orlados de una arquitectura medieval sabiamente preservada. Aquí es imposible perder de vista los cursos de agua. Sólo los pregones de un mercado de lo más ecléctico y animado, donde se cruzan flores, plantas, frutas, quesos y pollos listos para el degüelle, nos aleja por un momento de la multiplicada ribera. Fue un acierto dedicar una noche a Brujas, la avalancha de turistas “de día” desaparece al anochecer y los canales iluminados, engalanados de silencio, se ofrecen a los afortunados. Por la mañana, antes de que miles de japoneses invadan portales, puentes y callejuelas empedradas, es posible tomar alguna foto en la que no sea necesario ensayar un “buscando a Wally” para identificar al protagonista, y lograr una atención personalizada en las espectaculares chocolaterías.
El recorrido del Sena, en un día gris y lluvioso como todos los de nuestra estancia en París (¿no era Londres la del clima destemplado?), arrancando en el Pont Neuf no ofrece demasiados contrastes. Es una sucesión de vistas bellas, puro clasicismo. Sin proponérmelo me encuentro tarareando para mis adentros a la Piaf. Las raíces latinas marcan la diferencia con los destinos anteriores, la gente en la calle bocifera, se empuja, se enoja con arrogancia ante un turista embelesado que se atraviesa en su camino y eventualmente, lo tima. Supongo que veníamos con la guardia baja después de la corrección inglesa y la amabilidad belga, sino resulta incomprensible que dos argentinos caigan tan inocentemente con una treta tan manida. El escenario, una de las fachadas del Louvre, junto al Sena obviamente, con la sola presencia de la llovizna, y nosotros. Sin que supiéramos de dónde, apareció una señora humilde que recogió algo del suelo, lo miró extrañada (juro que fue una actuación impecable) y se nos acercó para preguntar si era nuestro (supongo, mi francés es pésimo). Se trataba de un anillo dorado enorme. Repasando el encuentro, veo que no sólo fue una gran actuación, también hay un guión cuidado que la soporta. Si bien nuestra negativa la alejó, unos pasos más allá giró en redondo, se nos acercó y puso el anillo en mis manos, cerrándolas con las suyas, en un gesto de inesperado cariño. Con las palabras necesarias para que un lego en el idioma pueda comprender el mensaje, se manifestó imposibilitada de aceptar el regalo que el destino ponía en sus manos por ser evangelista. De nada sirvió mi insistencia en que lo tomara. Con una sonrisa beatífica, digna del gesto, dio media vuelta y comenzó a alejarse, lo suficiente para darle un efecto natural a la escena. A los diez metros se volvió. En ese instante mi adormilado instinto se puso alerta. La puesta en escena entró en su momento más flojo cuando las palabras “café” y “coca” pusieron en evidencia la finalidad del ya claro embuste, cayendo en lo más burdo cuando evaluando la dádiva, sugirió que era insuficiente y reclamó un poco más. Cinco o seis euros nos salió el espectáculo, barato si se tiene en cuenta que era actoralmente aceptable, sobre todo el primer acto, venía con un anillo de recuerdo y, pasado el momento de indignación contra uno mismo, se convertía en una anécdota interesante.
Es injusto limitar un relato sobre el Sena a este episodio, toda vez que sobre él también reposan construcciones fastuosas. A esta categoría pertenecen el Petit y el Grand Palais, aún cuando el último decepcione un poco al espiar el interior vacío; o el Musée d’Orsay, donde a menos que uno oble unos cuantos euros (cómo extraño la generosidad británica), no hay para ver más que el exterior de una vieja estación; o el fabuloso Puente de Alejandro III.
Nuestra primera vista del Vtlava cumplió con todas las expectativas. Fue a la altura del puente más cercano a la curiosa construcción apodada Ginger y Fred, donde bajando una escalera se encuentra el embarcadero que da acceso a un Botel (no sabía de la existencia de estas opciones de alojamiento hasta que comencé las averiguaciones para Praga). A esta altura el río tiene unas islas intermedias a la manera del Sena, pero muy boscosas, la isla de Kampa, y el curso está como “regulado” por pequeñas exclusas o presas que configuran cambios en la corriente muy vistosos. La perspectiva mostraba al fondo el famoso puente de Carlos y el Castillo, que en verdad no es tal, sino una fortificación o ciudadela donde las cúpulas y torres corresponden a la Catedral de San Vito y monasterios que se encuentran sobre las callejuelas internas, pero esto lo supe después. La visión es de cuento, como en Brujas pero más amplia y por tanto un poco más majestuosa. El bordeo del río nos lleva lógicamente al Puente de Carlos. Lamentablemente, como nos sucediera también en lugares emblemáticos de Londres y París, las tareas de mantenimiento ocultan parte de la vista y dificultan el tránsito nutrido de turistas. Si uno logra abstraerse de esto, cruzarlo es una experiencia particular. El clima que se respira en Praga, con sus negras construcciones y estatuas (tal es el caso del puente), tiene algo de gótico, de magia oscura. El medioevo, que en Brujas se manifiesta con su costado bucólico aquí fluye en una sensación más sombría, aunque terriblemente bella. Más adelante, otros puentes menos frecuentados ofrecen una vista más reposada, y uno de ellos nos lleva al extraño metrónomo gigante, erigido donde en su momento estuvo la igualmente gigantesca estatua de Stalin. La vista desde el mirador que soporta el absurdo mecanismo que pendula sin descanso ni propósito, es soberbia.
Cuatro ciudades muy distintas que supieron curar las heridas que les infligen sus ríos con costuras de concreto, metal y ensueño.
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