martes, 8 de junio de 2010

Decir basta

Llevo 27 de mis 45 años de vida laburando. Tras una carrera interesante en el manejo de áreas de sistemas, el destino aciago me depositó hace 4 años y medio en una Consultora, para llevar adelante un plan de contingencia para un banco. Teniendo en cuenta mi edad y la experiencia inmediata anterior (3 meses en una microempresa de software haciendo un remedo de implementaciones, con un clima laboral nublado con altas probabilidades de tormentas fuertes) digamos que se trató de una situación afortunada.
Hasta ese momento estaba convencida de que era capaz de entusiasmarme con prácticamente cualquier trabajo. Unos cuantos proyectos más adelante, de dudosa utilidad para nadie, con la obvia excepción de las arcas de la consultora, bastaron para derribar la hipótesis. Hoy fantaseo con utilizar las 10 horas diarias (o más si hay viajes) que consumo en áridas reuniones y vanas planificaciones, en limpiar el baño de mi casa como se debe, cocinar para la flía y despuntar el vicio de pintar (cuadros, paredes o barandas) y tejer sin culpas.
¿Qué hay de digno o motivador en confeccionar informes, manuales y presentaciones que no son leídos por nadie, por la simple razón de que no fueron pedidos para ser leídos, sino para ser presentados ante quien corresponda, para que "estén"? ¿Para qué luchar por imponer esquemas de trabajo internos (en clientes o en la misma consultora) que, más allá de su conveniencia, no interesan a nadie más que a una cúpula alejada de la operatoria y sin el liderazgo necesario para promoverlos?
Hace más de una semana que todo mi poder persuasivo está dedicado a que mi jefe entienda que prefiero irme a casa y reemplazar a la chica que hace las labores domésticas, a aguardar la jubilación dedicando mi esfuerzo, entre otras cosas, a convencer a terceros de algo en lo que no creo.
Lógicamente, me puedo dar el lujo de estos planteos porque no está en juego mi supervivencia ni la de los míos, y porque, por anacrónica, no soy consumista.
Cuando se es más joven está la posibilidad de buscar otra cosa, embarcarse en un nuevo trabajo, a la larga tan frustrante como el actual, pero que en lo inmediato nos mantendrá ocupados, entretenidos, y nos brinda la excusa perfecta para salir "dignamente" y sin tantas explicaciones.
A los 45 eso no existe, por un lado porque nadie te convoca pero por el otro uno ya tiene la certeza de que no encontrará en otro puesto algo muy distinto a lo actual.
Paradójicamnte, la habilidad que traen los años de ver un poquito más de lejos las situaciones, la misma que me hace "buena" para lo que hago, es la que me empuja fuera.
Es muy difícil decir basta a una situación en la que casi el único conflicto es con uno mismo. Al proceso inicial de convencerse de la necesidad de hacerlo, luchando contra los propios paradigmas y preconceptos, sigue la búsqueda del momento justo, que definitivamente no existe. Cuando uno termina por resignar la búsqueda conformándose con el mejor, o cualquiera, en lugar del justo, empieza la tarea de convencer a los otros, a todos lo que de una u otra manera van a ser impactados por la decisión. Es agotador, tanto que a veces es más fácil decir basta a decir basta...

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