jueves, 29 de julio de 2010

Un problemita con el agua caliente

Desayuno de hotel, cuasi buffet. En algún momento me generaban cierta expectativa. Aunque este no es el caso, en otros lugares anticipar la fiesta de la opípara mixtura de panes, fiambre, facturas, tortas, dulces y frutas, me daba alguna satisfacción, siempre más grande que la de engullirlos.
Como pasa con todo lo que se transforma en costumbre, fue poco a poco perdiendo su encanto, lo que sumado a la necesidad de optmizar la ingesta en prevención de un aumento de peso, termina poniendo sobre mi mesa un café espeso y quemado, un vasito de jugo y dos flacas medialunas. Al frente un televisor con TN, para ir leyendo los títulos e infiriendo la noticia de las imágenes que los acompañan, ya que el sonido proviene de la segunda pantalla a mi derecha, sintonizada en algún canal de música.
Un ajuste presupuestario de la empresa me arrojó de un tiempo a esta parte del coqueto appart al que siguen concurriendo mis compañeros varones (porque siendo más tienen la posibilidad de compartir habitación), a este "palace hotel" nominal. De poder disfrutar de media hora de sauna por las tardes en el appart a dos cuadras de la oficina, a la actual falta de agua caliente que me regaló la experiencia de una ducha helada y una caminata diaria de 8 o 9 cuadras con veredas rotas y superpobladas, arrastrando la valijita medio vacía que me acompaña en estas excursiones.
Si no fuera por el wi fi que me permite hacer catarsis en estas líneas, y las dos pantallas que quedaron como recuerdo del mundial, la decoración de habitaciones y lugares comunes remiten a varias décadas atrás.
El desayunador se está poblando y supongo que debo ir acomodando las cosas para partir rumbo a la jornada de trabajo que espero sea lo suficientemente breve para evitarle a los míos la larga espera para cenar y acercarme el lujo de una ducha caliente.

martes, 20 de julio de 2010

Amigos son los amigos

Días como hoy me generan una mezcla de tristeza, angustia y desesperanza.
Tristeza, porque de alguna manera los pocos destinatarios de un saludo que tengo ponen en evidencia mi incapacidad para generar el tipo de relaciones que están en boga, excluyéndome del clima festivo. Angustia porque no me puedo convencer de la ventaja asociada a hacer el esfuerzo por superar tal defecto, toda vez que no termino de pasarla bien en esas reuniones multitudinarias en que se hacen los mismos chistes de siempre, compartiendo comida y bebida a falta de cosas más profundas. Y desesperanza, porque tengo miedo de que de tanto usar la palabra para designar otra cosa, esa otra cosa, que no es más que compañerismo, termine por apropiarse del término dejando huérfano de nombre al sentimiento que une a dos personas por sobre las circunstancias de su encuentro.
¿Qué lleva a alguien a enviar un mensaje de texto por el Día del Amigo a todos sus contactos, donde imagino que aparte de yo (que no me considero en lo absoluto amiga de mi prima a la que veo cada un promedio de 5 años), debe haber agendados familiares, eventuales contactos de negocios, y compañeros de trabajo?
¿Por qué la responsable de RRHH de la empresa se toma la atribución de considerarme su amiga, junto al resto de la planta, si como mucho podemos llegar a compartir alguna charla para llenar el tiempo de un viaje en colectivo (de los que no tengo la fortuna de hacer en soledad), alguna fiesta corporativa y la anhelada entrevista de desvinculación?
¿Quién está más carente de amigos, yo que acuso con reservas 2 o 3, o quienes cubren el bache con la gente que les hizo o aceptó una invitación en facebook, o que el destino o el CV puso en el box de al lado?
Quizás sea sólo otro síntoma de anacronismo, ya que hace unos años los amigos se saludaban en los encuentros que devenían de esa condición, que podían ser diarios o quinquenales, y no existía esa necesidad de inventariar cada 20 de julio a beneficio de telefónicas, bares y tiendas de regalos.
Salgo un rato, aquí en la oficina van a compartir unas empanadas y algún sandwichito y yo prefiero brindar con mi copa llena de pasado, en un banco de plaza, con el recuerdo de los que estuvieron y/o están cerca de mi corazón, aunque alguno no lo sepa o algún otro ya lo haya olvidado.

miércoles, 14 de julio de 2010

Volviendo

Los viajes de regreso en colectivo desde capital tiene la extraña propiedad de sensibilizarme. En más de una ocasión, cuando la fortuna me regala la posibilidad de viajar sola, en la intimidad de ese interior oscuro compartido con desconocidos, lentas lágrimas arrastran el poco maquillaje que queda en mis pestañas por los laterales del rostro, y una angustia triste me comprime el pecho. El contexto es propicio. La oscuridad matizada por las luces azules que marcan el pasillo, el cielo exageradamente estrellado afuera, el rumor del motor, el balanceo, el agotamiento tras una jornada lejos de casa entre gente con la que no logro congeniar sin que medie conflicto alguno, para cumplir con objetivos difusos o directamente poco atractivos, y los leds rojos de un reloj digital recordándome la perspectiva de más de 4 horas sin otra cosa en que distraer el pensamiento que alguna película sin sonido y mal doblada, o las canciones de siempre en el viejo mp3 de 512Mb.
Metafísicos pensamientos sobre la inmensidad del universo, entrañables recuerdos del permiso de amor que en la mitad de mi vida me acercó por un rato a Sebastián, polifacéticas premoniciones de muerte, los rostros de mis hijos y mis padres, el amor llano de Omar, las pocas muy buenas personas que este trabajo me permitió conocer; imágenes intermitentes que se cuelan en la irracionalidad de esas horas suspendidas entre las dos ciudades. Una mezcla lacrimógena de dicha y tristeza, un paréntesis para los sentimientos..